“Millones pasarán hambre si el Estrecho de Ormuz permanece cerrado”. El cierre ha hecho subir los precios del petróleo, gas natural y fertilizantes. Ahora que ha comenzado la temporada de la siembra, si los agricultores no pueden comprarlos, sus cosechas disminuirán y subirán los precios.

Autor: J. Ramón Echeverría

cidafucm.es/africa-y-la-guerra-por-j-ramon-echeverria/

 

El 28 de febrero de 2026, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), junto con las FF. AA. de EE. UU., iniciaron contra Irán la operación militar “Furia Épica”. El 2 de marzo, Afrik.com, un portal de información en línea especializado en las noticias del continente africano, transmitía la reacción casi inmediata de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), según la cual un aumento de los precios de la energía, consecuencia de la guerra, tendría un impacto negativo en las economías de África Occidental, ya debilitadas por la inflación y la dependencia de las importaciones de productos refinados. De hecho, en los últimos dos meses, las líneas aéreas nigerianas han amenazado con suspender los servicios tras sufrir casi cuatro aumentos en los precios del combustible para aviones. En Somalia los precios de los combustibles se han duplicado. Kenia ha solicitado financiación de emergencia al Banco Mundial tras gastar casi 1.000 millones de dólares —equivalente a casi el 7 % de sus reservas de divisas— en el primer mes de la guerra para mantener su moneda estable. La CEDEAO subrayaba también en su comunicado los riesgos para la seguridad alimentaria, dado que muchos estados africanos tienen que importar cereales y fertilizantes. Lo confirmaría el 16 de abril The Economist: “Millones pasarán hambre si el Estrecho de Ormuz permanece cerrado”. El cierre ha hecho subir los precios del petróleo, gas natural y fertilizantes. Ahora que ha comenzado la temporada de la siembra, si los agricultores no pueden comprarlos, sus cosechas disminuirán y subirán los precios. De ahí que el Programa Mundial de Alimentos calcule que, en el África subsahariana, otros 28 millones de personas podrían padecer hambruna.

La Unión Africana, junto con la CEPA (Comisión Económica para África) y la PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), publicaron el 7 de abril de 2026 (PNUD) un largo informe (56 páginas) de política conjunta, “Los Impactos del Conflicto de Oriente Medio en las Economías Africanas”, del que vale la pena citar parte de las conclusiones: “A corto plazo, el impacto en los países africanos incluye, entre otros, un aumento de la inflación por la subida de los precios de los alimentos y la energía; la depreciación de la moneda frente al dólar; mayores dificultades en la refinanciación de la deuda; reducción de flujos de capital e inversiones; y disminución de las remesas. Las consecuencias serán más graves en los 43 países africanos importadores netos de petróleo. Por otra parte, aunque los países exportadores de petróleo pueden a corto plazo beneficiarse de mayores ingresos debido a las subidas de los precios del petróleo, los cuellos de botella estructurales, la capacidad productiva limitada y las tendencias procíclicas en la gestión de la política fiscal, pueden reducir estos beneficios”.

Así pues, según los dirigentes africanos, las consecuencias económicas de la guerra de Irán serán graves. Pero, ¿qué piensan esos mismos dirigentes de la oportunidad de la misma? Mondafrique, sitio web de investigación y opinión, divide sus valoraciones en cuatro categorías: claras, prudentes, reservadas y silenciosas. Senegal, Sudáfrica, Chad y Marruecos han reaccionado con claridad. Dakar ha condenado el uso de la fuerza, considerado, en palabras del primer ministro Ousmane Sonko, una “liquidación del derecho internacional”. Pretoria ha rechazado la noción de “autodefensa preventiva”, manteniéndose fiel a su diplomacia y posicionamiento dentro de los BRICS. Chad expresó primero su profunda tristeza tras la muerte del Líder Supremo Ali Jamenei. Luego, en un segundo mensaje, N’Djamena condenó enérgicamente la respuesta iraní contra varios países del Golfo y calificó estos ataques de «inaceptables«. Marruecos, como era de prever, se ha puesto del lado de Washington y Tel Aviv. Y ha expresado solidaridad con los estados árabes que son objeto de represalias iraníes.

En el campo de los prudentes, además de la Unión Africana y la CEDEAO, se han alineado países como Ghana, Sierra Leona y Costa de Marfil. Todos ellos han expresado una «profunda preocupación» por la escalada, y pedido la desescalada, citando riesgos para la estabilidad global, los mercados energéticos y la seguridad alimentaria.

De extrema cautela han sido las reacciones de Argelia y Túnez. Se han conformado con lamentar el fracaso de las negociaciones en Omán y con pedir moderación, al tiempo que expresan su solidaridad con los estados árabes atacados por la represalia iraní, sin condenar directamente los ataques iniciales.

Llamativo está siendo el silencio de La Alianza de Estados del Sahel (AES), la confederación creada entre Malí, Níger y Burkina Faso el 16 de septiembre de 2023, inicialmente como pacto de defensa mutua. Este silencio es aún más notable en la medida en que estos tres países han desarrollado cooperación militar con Irán, especialmente en el ámbito de los drones. Dos días antes del estallido del conflicto, el ministro de Defensa de burkinés aún se encontraba en Teherán. En paralelo, las relaciones con los Estados Unidos se habían ido deteriorando. Washington condenaba como inconstitucionales los golpes de Estado, y los sahelianos consideraban neocolonialista la presencia militar occidental, hasta tal punto que, en 2024 Níger exigió la salida de las fuerza estadounidenses de la base estratégica de Agadez. Pero nunca las relaciones se han roto del todo, y, haciendo de necesidad virtud, continúa la colaboración en cuestiones de inteligencia y seguridad regional. Y el silencio saheliano sobre la guerra en Irán se interpreta como el deseo-necesidad de no interrumpir esa colaboración. Al final, todas las reacciones, ya sean cautelosas o silenciosas, pueden explicarse por el deseo de no ofender a Washington para no sufrir la ira del impredecible Donald Trump.