Los obispos no son ciegos a los riesgos para la seguridad nacional o para el sistema asistencial

José Francisco Serrano Oceja

La no ocultada buena acogida que la regularización extraordinaria de inmigrantes ha tenido por parte de la Conferencia Episcopal ha provocado una dura y extemporánea reacción en su contra y en diversos ámbitos. Los alineamientos episcopales sin fisuras, que tampoco han sido tantos, han contado con escasos solistas que, en tono menor, como los obispos Sanz Montes y Munilla, se han centrado en denunciar el oportunismo y la utilización política que el Gobierno ha hecho de esta regularización. No es la primera vez que la Iglesia se convierte en «signo de contradicción» con una toma de posición pública contraria a las de quienes habitualmente aparecen como sus aliados sociales en determinadas causas. Un ejercicio necesario de libertad en un momento de interesadas identificaciones.

Cuando la Iglesia considera que esta regularización extraordinaria es un acto de justicia social lo hace desde dos perspectivas que convergen, la aplicación de los principios de la Doctrina Social (DSI) y la experiencia del día a día. El foco de la DSI incide en la relación entre los principios que se derivan del respeto a la dignidad de la persona humana, y sus derechos, y el del bien común, con sus deberes. El de la experiencia afirma que, según los últimos datos publicados por Cáritas, el 47% de las personas acompañadas por esa institución en 2024 no tenían regularizada su situación, lo que equivale aproximadamente a unas 550.000. Una cifra que no para de crecer.

La clave de la intervención episcopal es la experiencia del trabajo cotidiano de las 70 Cáritas, el acompañamiento de las congregaciones de religiosos así como de las delegaciones diocesanas para las migraciones. Las personas beneficiadas pueden salir del laberinto de las contradicciones del sistema, de los abusos e ilegalidades. Ven reconocida su dignidad de persona que se abre a la colaboración al bien común. Los obispos no son ciegos a los riesgos para la seguridad nacional, para el sistema asistencial del Estado de Bienestar, ni a las consecuencias incluso políticas en el futuro. Pero la exigencia del Evangelio es previa y fundante, «Fui extranjero y me acogisteis» (Mt 25).