El sudanés Abdelaziz Baraka Sakin tiene una de las obras literarias más importantes de su país, pero desde 2011 sus libros están censurados y él vive en Europa. Nos cuenta un conflicto que desde 2023 lleva 200.000 víctimas

El escritor sudanés Abdelaziz Baraka Sakin (C.C)

Por Paula Corroto

UN ESCRITOR CONTRA LA TRAGEDIA DE LA QUE NADIE HABLA «EN SUDÁN NO HAY GUERRA, ES UNA INVASIÓN»

Alos 13 años, Abdelaziz Baraka Sakin (Sudán, 1963) leyó su primer libro. Se trataba de los Relatos de terror y misterio, de Edgar Allan Poe, y se lo había robado a su hermano. Sakin se lo llevó al río y allí lo dejaba escondido cada día en una piedra para ir a retomar la lectura al día siguiente. Cuando lo terminó tuvo un momento epifánico: “Me dije, tengo que escribir así”. Y ese fue el inicio del que hoy es uno de los grandes escritores sudaneses. Pero el trayecto no iba a ser fácil: su país vive arrasado por guerras y conflictos desde el año 1955, el escritor lleva desde 2012 como refugiado en Europa, sus libros están censurados en Sudán (e incluso los llegaron a quemar) y desde el 15 de abril de 2023, aunque nadie esté mirando para esta zona del mundo, hay una intensa guerra civil que, según la ONU, ha causado ya entre 150.000 y 200.000 víctimas y 9,3 millones de personas se han visto desplazadas de sus hogares. Las armas, que tantas veces buscan destruir a las letras.

Sakin vive en la actualidad en París tras pasar varios años en Viena donde continúa su hijo y donde mantiene su estatus de refugiado. En la capital gala, nos cuenta mediante una conversación vía zoom, ha encontrado por fin un despacho para leer y escribir -a coste cero, ya que lo paga el ayuntamiento- y cierta consagración al ser nombrado Caballero de las Artes y las Letras. Sus libros se publican en varios idiomas, incluso en español. Por aquí podemos leer El mesías de Darfur (Armaenia), La princesa de Zanzíbar (Armaenia) Héroe cuyos sueños se elevaron como un dron (Editorial Comares). Y por aquí también podremos verle el próximo 17 de febrero en el Hay Fórum que se celebrará en Sevilla.

Esta presencia europea choca frontalmente con la censura que sufre en su país desde 2011 por no sumarse al fundamentalismo islámico que inoculó su país desde los tiempos del dictador Al Bashir (1989-2019), quien hoy en día está acusado de crímenes contra la humanidad y el genocidio en Darfur.

“El Gobierno de Al Bashir tenía esta idea de que todos, incluso los escritores y artistas, deben apoyarlos. No puedes hablar de nada que sea polémico para los ‘Hermanos Musulmanes’; ya sabes, temas de identidad, de religión… Y existe una ley de censura que todo escritor está obligado a seguir. Yo, obviamente, no la seguía porque no encajo en el contexto de los Hermanos Musulmanes: tengo mi propia identidad, no soy árabe, soy africano. Tengo mi propia cultura y mi propia manera de ver y entender el mundo, mis propias ideas. Esto representó un gran problema para ellos por lo que empezaron a prohibir mis libros e incluso me arrestaron en varias ocasiones. Al final, me dije: ‘Está bien, no voy a contraatacar al gobierno de esa manera’. No soy un guerrillero ni un luchador callejero; yo lucho a través de mis libros y mis palabras. Esa es mi única forma de combatir, así que en 2012 me escapé a Egipto y de ahí me fui a Austria, donde pasé muchos años”.

Sakin, cuyos libros, pese a estar prohibidos, pasan de mano en mano entre los lectores sudaneses, según le consta, fue desde sus inicios un escritor incómodo para los Gobiernos de su país. Tras estudiar en la universidad en Egipto -en El Cairo vio por primera vez una biblioteca y se quedó fascinado- y leer como si le fuera la vida en ello -”buscaba libros por todas partes. Así descubrí a Gibran Kahlil Gibran y a otros autores árabes y egipcios, como el gran Naguib Mahfuz. Pero también, en esa época, leí mucha poesía de autores franceses que llegaban traducidos al árabe. Me apasionó Paul Éluard; me gustaba muchísimo. Incluso llegó a mis manos el Don Quijote de la Mancha, que fue una de mis primeras novelas y que me sigue fascinando hasta hoy por sus aventuras”- empezó su labor como escritor. Y, desde ese primer momento, el tema de la guerra que atravesaba su país fue inevitable en su literatura.

«Tengo mi propia identidad, no soy árabe, soy africano. Tengo mi propia cultura y mis propias ideas. Esto no gustó a los Hermanos Musulmanes»

“La realidad de mi país es una historia triste de conflictos interminables. Mis primeras novelas nacieron de esa necesidad de procesar la violencia que marcaba nuestra identidad porque toda nuestra vida ha estado marcada por ella”, comenta mientras recuerda el fogonazo que le llevó a sentarse delante de un papel en blanco. “Mi primer libro está dedicado a un amigo, Shigeri Titukwa. Éramos muy jóvenes, apenas unos niños de trece años, cuando se lo llevaron. Lo reclutaron como soldado y tuvo que dejar la escuela. Poco tiempo después, lo mataron. Aquello fue como un golpe seco en la cabeza, una sacudida que me cambió para siempre. Fue entonces cuando empecé a escribir novelas sobre la guerra”.

Literatura sobre y contra la guerra

Porque, al final, aunque las armas intenten siempre la destrucción masiva de las palabras, estas ofrecen resistencia. Y por eso son tan molestas. Así lo piensa Sakin, que también tiene siempre muy presente a García Lorca, “el poeta al que mató Franco”, afirma. «Y si piensas en Franco, entiendes por qué mató a los poetas. Aquí lo que vivimos es lo mismo. Franco no era de los Hermanos Musulmanes, pero los dictadores son dictadores en cualquier parte. No soportan las palabras, ni la poesía, ni a los músicos, ni el arte. Se oponen a ello porque, para ellos, las palabras son como balas o fusiles; las palabras tienen el poder de destruirlos. Y hoy, cuando la gente recuerda a Franco, lo que recuerda es a quiénes mató. En Sudán pasa lo mismo”, resalta el escritor, para quien, en realidad, a los dictadores “lo que les interesa es la riqueza y el control, y una vez que lo obtienen, creen que pueden hacer lo que quieran. Por eso nunca aceptarán a los escritores. A mí me obligaron a marcharme, y eso es algo que me causa una profunda tristeza porque mi lugar favorito en el mundo, es mi aldea, Khashm el Girba, ese es mi sitio. Ahora simplemente me muevo por el mundo, de un lado a otro, sin que nada tenga el mismo sentido”, añade con resignación.

«Los dictadores no soportan las palabras, ni la poesía, ni a los músicos, ni el arte porque las palabras tienen el poder de destruirlos»

En 2019 cayó el régimen de Al Bashir tras numerosas protestas de la ciudadanía. Parecía que se iba a iniciar un proceso de transición democrática, pero no fue posible. Demasiados intereses y no solo dentro del país, sino también de actores externos. En octubre de 2021 todo saltó por los aires cuando los generales Abdel Fattah al-Burhan (Jefe de las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF)) y Mohamed Hamdan Dagalo (conocido como «Hemedti«), líder del grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) dieron un golpe y acabaron con el Gobierno de Transición Civil. Las esperanzas de Sudán se desvanecieron (una vez más).

En abril de 2023 las trifulcas por el poder entre ambos generales se recrudecieron provocando una devastación brutal en el país mientras el mundo miraba (y sigue mirando) para otro lado. Tenemos el foco puesto en Ucrania, en Gaza, pero Sudán, un país que además esconde una riqueza cultural impresionante por todo su pasado nubio con las más de 200 pirámides en Meroe y Gebel Barkal (patrimonios UNESCO), es (apenas) inexistente.

«Hay dos razones principales para este silencio. La primera es que el mundo no considera a Sudán un país importante. No se ve como una pieza estratégica para Europa, Estados Unidos o el mundo árabe, ni siquiera para el resto de África. Se nos percibe como un país vasto y enorme, pero sin peso económico o poder político real desde nuestra independencia. Estamos en el margen de todo; a nadie parece importarle”, explica Sakin sobre este abandono.

«Hay dos razones para este silencio. Una es que el mundo no considera a Sudán un país importante. Y dos, esto no es una guerra sino una invasión»

Pero hay otra razón de peso todavía más terrible y es la participación en la guerra de terceros países. “Hay países árabes, sobre todo Emirates Árabes Unidos, que apoyan abiertamente a las milicias, a los Janjaweed (las Fuerzas de Apoyo Rápido – RSF). Emiratos está pagando a todo el mundo. Muchos de nuestros intelectuales y políticos simplemente obedecen lo que los Emiratos les piden y eso lo complica todo. Le dicen al mundo exterior que esta guerra es solo un enfrentamiento entre dos generales: Hemedti y Al-Burhan, pero eso no es verdad. Ellos reciben un enorme apoyo de Emiratos y viajan por Europa y todo el mundo convenciendo a la comunidad internacional de que solo son dos generales peleando entre sí. Por eso el mundo no nos escucha. Han logrado silenciar nuestra verdadera realidad. Y cuando hay países extranjeros enviando armas a milicias para que maten a tu pueblo, violen a tus mujeres y destruyan tu hogar y tu país entero… eso no es una guerra civil. Es una invasión. Así es como yo veo este conflicto: como una invasión extranjera disfrazada”, sentencia.

¿Y qué busca un país como Emiratos en este conflicto? El escritor lo tiene claro: dinero. En este caso, oro, un metal que no deja de subir su valor en todo el planeta y que está provocando un movimiento de tierras geopolítico gigante. Y luego, las tierras. “Ambicionan una región en el este de Sudán llamada Al-Fashaga; es una zona extraordinariamente fértil para la agricultura. Entiendo que un país pueda desear algo de otro, pero hay formas legítimas de obtenerlo a través de la negociación, no mediante la corrupción, los fusiles y las balas. Eso es inadmisible. Por eso, la gente en Sudán simplemente se está defendiendo de esta invasión. No tienen otra opción”, comenta. Al final, todas los caminos de las guerras suelen conducir a los mismos lugares.

Pese a todo, para el escritor tampoco se salva de esto la civilizada Unión Europea a la que considera llena de una gran hipocresía para con la inmigración africana procedente de países que atraviesan conflictos bélicos.

“Antes apoyaban a las milicias; les entregaban millones de euros cada mes con la excusa de detener la inmigración. Pero, en realidad, lo que hicieron fue aumentarla. Esas milicias tomaban el dinero para capturar a más personas y revenderlas. Es una política nefasta porque no se soluciona el problema de los refugiados fomentando guerras en otros países. El dinero que entregaron a milicianos en Sudán, en Libia y en todas partes, solo ha servido para que más gente pelee, para que más personas sean desplazadas y para que más gente se vea obligada a emigrar. No entiendo cómo piensa Europa respecto a esto”, sostiene. Y luego están las armas. Porque si hay una industria que siempre gana en las guerras es esta.

«Si no hubiera guerras, no venderían ni una sola arma. Y si siembras guerra en nuestros países, los jóvenes huyen y terminan viniendo a Europa»

“Los gobiernos europeos están acostumbrados a vender armas a África. Nosotros, en África, ni siquiera podemos construirnos una vida digna, pero ellos nos venden armas. Si no hubiera guerras, no venderían ni una sola arma. Si siembras guerra en nuestros países, los jóvenes huyen y terminan viniendo a Europa. Si Europa realmente tiene un problema con la inmigración, debería reflexionar profundamente sobre ello; la solución no es resolver el problema matando gente”.

Por estos motivos, desde que está en Europa los argumentos de sus libros han girado hacia la temática de los inmigrantes y refugiados como él mismo. En ellos, dice, habla del sufrimiento, tanto de los que llegan como de las comunidades que los reciben. “No se trata de victimismo ni de pedir ayuda por ser ‘pobres personas’; mi intención es profundizar en la vida real de los refugiados, mostrar sus capas más complejas y humanas”, asegura. Su próximo libro, La vida paralela de Zacarías, de hecho, aborda la vida de un refugiado negro originario de la región entre Irán e Irak. “A través de su historia quiero mostrar cómo nuestro pasado es una parte indisoluble de nuestro futuro; cómo esos ecos ancestrales siguen resonando en nuestras vidas presentes”, apostilla.