Guillem Rovirosa, fue el organizador de la HOAC española en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

Fue la HOAC la primera organización obrera que planto cara al régimen en relación con la justicia especialmente (García Soler 1977). No sé si saben que lo hacían porque Guillermo los instaba a que todos y cada uno de los militantes de la HOAC se comprometieran con la causa de la justicia en lo que solían llamar un <<compromiso temporal>> concreto (que en unos podía ser una cooperativa y, en algunos, llego realmente a consistir en promover “comisiones obreras” de fabrica o empresa -una en cada una- con carácter netamente reivindicativo).

Pero tenía muy claro -y se lo decía a los militantes cuantas veces hiciera falta- que no creía ni en la persona que se tomaba en serio su compromiso temporal pero no su vida interior, la espiritual cristiana, ni tampoco en la gente piadosa sin compromiso temporal por la justicia.

Pues bien, Rovirosa -que era un osado- maduró una antropología que Carlos Ruiz de Cascos (Ed Voz de los sin Voz 2004) no dudo en llamar “trinitaria”. En los años cincuenta, Guillermo llegó a la conclusión de que el ser humano está constituido por la carne (él la llamaba “cuerpo”), el alma y la gracia de Dios (que -les recuerdo- es la vida de Dios). Rovirosa sentencio en alguna ocasión que <<La historia es tiempo que Dios da a la humanidad para reflejar la Trinidad>>. Y en otro lugar: “Si la nota distintiva de una Comunidad Cristiana ha de ser la proyección en la tierra de la Vida Trinitaria en el cielo, esta Comunidad será necesariamente DIFERENTE de todas cuantas formas de agrupación humana han aparecido a lo largo de la historia, hechas con medios naturales y obedeciendo a exigencias puramente naturales” (en Rodríguez Martin 2005: 363, 654). (Entiendo que aquí lo “natural” remite a lo que no es humano, dado que, para Guillem, todo lo humano implicaba lo sobrenatural de la gracia.)

Hablamos de una época en que, entre los propios católicos, la Trinidad era un elemento secundario en su fe. Creo que fue en los años sesenta del siglo XX cuando curas castrenses hicieron las primeras estadísticas de cumplimiento y de conocimiento religioso entre los reclutas del ejercito español y les sorprendió el número de soldados que creían que había tres dioses…  <<La trinidad de la aldehuela: el cura, el alcalde y el maestro de escuela>>, se oía tal cual vez. Habían pasado cinco siglos desde el XV, cuando no se si muchos o pocos de los llamados <<pajes de guardia>> saludaban la madrugada con esta cantinela: <<Bendita sea la luz y la Santa Vera Cruz y el señor de la Verdad y la Santa Trinidad; bendito sea el alba y el Señor y el Señor que nos lo manda; bendito sea el día y el Señor que nos lo envía>> (MK 2329, 7165).

Lo que decía Rovirosa y acabamos de ver no descubría algo parejo a esto último. Su propuesta era la de una forma <<intratrinitaria>> de vivir. Que, eso sí, es fuente de si es fuente de espiritualidad

Se relaciona -y el propio Rovirosa lo hacía- con la idea de Juan de Yepes sobre la vida  espiritual como “ascensión en el amor” (que impulsa la propia Trinidad que llamamos Dios) y, por tanto, eso si, se proyecta hacia fuera. Pero se proyecta ya convertida en espiritualidad, en forma (o simplemente estilo) de vivir en relación con Dios.

Lo que ocurre es que es que, al verterse hacia fuera, sigue siendo algo que da Dios uno y trino y, en consecuencia, en palabras de Ruiz de Cascos, requiere cultivar una sensibilidad que nos haga aceptar lo que llama el mismo “trucos sobrenaturales”, “que se corresponden -añade- a las renuncias y a las ≪nadas≫ de la subida al monte Carmelo”.

Rovirosa decía, como contrapartida, que:

<< Para la “propaganda” apostólica, no hay más que un truco valido: amaos los unos a los otros. Por esto, los trucos propagandísticos que, en el orden natural, no fallan nunca, son inútiles (si no contraproducentes) cuando, en el apostolado, lo empleamos los que no nos amamos como Cristo>>. <<En los trucos cristianos, siempre han de andar por medio las Bienaventuranzas; si no, no valen”>>

Y, entre las mencionadas, estaba (y sigue ahí) la bienaventuranza prometida a <<los pobres de espíritu>> una expresión que, en pleno siglo XX, se empleaba en el lenguaje coloquial en el sentido de persona <<apocada>>. Y no caían en la posibilidad de que los bienaventurados fueran aquellos que vivían con espíritu de pobreza (que es lo que hizo, por ejemplo, santa Ángela De Foligno en el siglo XIII y Jesucristo le hizo ver que era lo que más le gustaba, porque era asemejarse a él en la manera de vivir, que fue pura pobreza hasta lo más profundo de su espíritu [ed.2010])

Ir de la Trinidad a la pobreza como vocación del cristianismo (y, por lo tanto, de todo ser humano, digamos potencialmente) hace ver que la <<doctrina social de la Iglesia>>, si se lleva hasta el fondo, une lo mas sublime con lo puramente prosaico. La Biblia es un muestrario idóneo (Amorós 2022). Esa unión es la que intentaba advertir con estos párrafos. A ella se refería, sin duda, Rovirosa cuando afirmaba que no creía ni en los que solo se tomaban serio la vida interior ni en los que solo se entregaban al <<compromiso temporal>> concreto que fuese su tarea. Había que cultivar los dos campos a un tiempo, de modo que resultaran uno solo.

Por lo mismo, no excluía a nadie; si acaso, podía llamar la atención que los centrada en los obreros (que eran, por cierto, su propio <<compromiso temporal>> desde el momento en que aceptó el encargo de  organizar la HOAC (<< Hermandad Obrera de Acción Católica>>): <<en el trabajador-decía- habita la trinidad y tiene una única existencia en la que sus dos destinos [ los del ser humano, el temporal y el eterno] van inseparablemente unidos>>.

Y, para que no cupiera duda, se refería expresamente al “salario, vivienda, condiciones de trabajo…” y, a la vez, a la vida eterna”.

El vínculo entre ambas esferas lo veía en la verdad. Simplemente. <<El fin y la consumación de toda persona humana, según Rovirosa -advierte Ruiz de Cascos (2004: 127; lo anterior, en 109-110, 117)-, es el Amor Trinitario; para tener acceso a dicho Amor, solo tenemos un camino: la verdad, entendida como adecuación de nuestro conocimiento con la realidad.>>

FUENTE: Del libro «LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. Una misión que cumplir en todo tiempo en favor de una sociedad a medida del hombre y su dignidad». Autor: José Andrés- Gallego

 

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