Discurso pronunciado el pasado 1 de junio por Marta Cartabia, expresidenta del Tribunal Constitucional italiano con motivo de la entrega del Premio Nicolás Copérnico «Fides et Ratio», un galardón internacional otorgado en la ciudad de Toruń, en Polonia.
El discurso ayuda a comprender que la doctrina social de la Iglesia «nace de la fe y de su comprensión de la realidad, no se traduce en un repertorio de soluciones técnicas ni en un modelo económico o político que se oponga a otros: pertenece a otro nivel, el de los principios que orientan la lectura de los acontecimientos y sustentan una interpretación evangélica de los procesos históricos y de las decisiones que estos conllevan no pretende sustituir las responsabilidades de la política y de las instituciones»
Marta Cartabia, Universidad Bicocca
A lo largo de mi carrera, sobre todo desde que ocupo un cargo público, me ha ocurrido con bastante frecuencia que me plantearan la pregunta: «Pero ¿qué significa para un católico vivir la fe en la vida pública?», «¿cómo vives tu fe en tu trabajo?».
Puedo entender el origen de esa pregunta.
Comencé mi compromiso público a principios del nuevo siglo, justo en el momento en que la gran secularización del viejo continente salía a la luz, incluso de formas bastante agresivas. Basta recordar el tono del debate sobre las «raíces cristianas de Europa» —un tema muy querido sobre todo por san Juan Pablo II— en el marco de la gran discusión sobre la Constitución europea. El profesor Weiler y Hanna Suchocka son testigos de primera mano de ese debate y de las posiciones intransigentes de algunos líderes.
El profesor Weiler escribía entonces su libro, recién reeditado, Una Europa cristiana, en el que denunciaba una extendida «cristofobia» —ahora «cristoamnesia»— y una hostilidad hacia todo fenómeno religioso, derivada de una laïcité mal entendida, de matriz sobre todo francesa.
En aquella época, ser católico y profesar la propia fe en público era motivo de vergüenza. Y Weiler nos animaba a no ser «marranos», a no replegarnos a una dimensión privada, a no escondernos. Se entiende, pues, que en un contexto así uno pueda preguntarse: ¿qué significa desempeñar un papel público como creyente?
Pero esa pregunta ocultaba una ambigüedad, en mi opinión. Siempre me llamó la atención que, dependiendo de quién planteara la pregunta, hubiese otra segunda pregunta implícita:
— Si quien planteaba la pregunta era una persona de orientación conservadora, en el fondo lo que quería preguntar era: ¿cómo garantizas los valores cristianos, sobre todo la protección de la vida y la familia, en un mundo tan hostil? Como soy jurista, la pregunta tenía como objetivo averiguar: ¿has logrado defender nuestras leyes sobre el aborto, el final de la vida, la familia, etc.?
— Si se trataba de una persona de orientación progresista, la pregunta implícita era: ¿has conseguido hacer algo por los más débiles, por las personas más pobres y, sobre todo, por los inmigrantes, y en otros temas de justicia social y solidaridad?
— Luego estaba el grupo de los entusiastas de la subsidiariedad y del tercer sector: ¿qué has hecho para aplicar el principio de subsidiariedad, defender la autonomía local y promover la escuela privada?
— Más raramente, la pregunta implícita versaba sobre la libertad religiosa, que considero un tema central y que ha surgido sobre todo en controversias en torno a los símbolos religiosos. Pero ahí el profesor Weiler asumió la carga por todos y la resolvió ante toda Europa con un discurso de veinte minutos ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Hay que verlo para creerlo. Todavía está disponible en YouTube. Una lección insuperable.
Entendámonos bien: la pregunta principal —qué significa ser cristiano en público hoy en día— es interesante por sí sola. Pero las preguntas de segundo nivel, subyacentes a la principal, siempre me han dejado perpleja por dos razones fundamentales.
La primera: es como si partieran del supuesto de que el católico que adquiere un compromiso público debe tener una agenda predeterminada que cumplir.
Perdonen la comparación poco respetuosa, pero hay algo similar cuando me preguntan: ¿Qué significa ser mujer en el Tribunal Constitucional? ¿Qué significa ser mujer en el Ministerio de Justicia? Lo implícito es: ¿qué has hecho por los derechos de las mujeres? ¿Qué has hecho por la familia y los menores? ¿Qué has hecho contra la violencia de género?
La realidad es que, cuando asumes un compromiso público, aceptas afrontar los retos de la historia, y la historia te interroga en mil frentes: tu obligación es ocuparte de —por poner algunos ejemplos de mi experiencia— reducir los plazos de la justicia, garantizar la separación entre la política y el poder judicial, juzgar una ley electoral, pronunciarte sobre la obligación de vacunarse en plena pandemia, hacer funcionar el sistema penitenciario, reformar la ley sobre el tráfico de estupefacientes, sobre el uso de los bienes incautados a la mafia, sobre el uso de la tecnología y la inteligencia artificial en la función judicial, y así sucesivamente… Rara vez los temas que te ocupan entran en la «agenda católica» (o en la «agenda de la mujer»). ¿Y entonces? ¿Qué tiene que decir un creyente sobre los temas que no entran en la agenda católica?
Lo primero que aprendí de mi compromiso público fue a dejarme ser interpelada por las cuestiones de la historia, tanto dentro como fuera del perímetro de la agenda católica. Si es cierto, como lo es, que el corazón del cristianismo es la encarnación en la historia humana, todo lo que pertenece a la historia de la humanidad nos interroga y nos interesa.
Homo sum, humani nihil a me alienum puto: «Nada de lo humano me es ajeno», decía Terencio.
Es más, quizá los aspectos más interesantes sean aquellos en los que no hay una respuesta preestablecida a la que poder recurrir. La aventura más bella y gratificante es la que surge de los nuevos retos, que exigen una respuesta creativa. Los terrenos inexplorados: un poco como la encíclica del papa León Magnifica Humanitas, que abre una reflexión sobre los problemas de nuestro tiempo, la paz y la guerra, y sobre todo la inteligencia artificial.
La segunda razón por la que esas preguntas implícitas son engañosas es que dan a entender que la fe —y la doctrina social de la Iglesia— consiste en un «manual de preceptos», listos para ser aplicados, y que la tarea de una mujer de fe en la política es poner en práctica esos preceptos.
Esta perspectiva es poco realista y poco deseable.
Poco realista porque hay que asumir el hecho de que en la sociedad contemporánea somos una minoría. Y cuando se tiene una responsabilidad pública hay que lidiar con el «límite de lo posible». Cuando estaba en el Tribunal Constitucional tenía que tomar decisiones junto con otros catorce jueces constitucionales y presentar argumentos convincentes y aceptables para todos. En el Gobierno era aún más complejo, porque formaba parte de un gobierno de unidad nacional, apoyado por la extrema derecha y la extrema izquierda, y para que se aprobaran las reformas había que convencerlos a todos, de lo contrario no habrían votado en el Parlamento.
Pero además, esa perspectiva de imponer soluciones preconcebidas, aunque fuera posible, tampoco sería deseable, porque no tendría en cuenta la necesaria «distinción entre comunidad eclesial y comunidad política» y la necesaria «autonomía de las cosas terrenales», aclarada ya en el Concilio Vaticano II y reiterada con firmeza y amplitud en la última encíclica (Magnifica Humanitas, párrs. 21-24). La doctrina social no es «un repertorio de soluciones técnicas», ni tampoco «un modelo económico o político» que sustituya a la responsabilidad política de los individuos y de las instituciones, dice el papa León.
De mi compromiso público he aprendido a amar y a apreciar la distinción entre la ciudad de Dios y la ciudad del hombre, y la inevitable imperfección de las leyes humanas.
Los grandes políticos católicos que fundaron la República Italiana ya lo sabían: siempre me ha impresionado la decisión de Alcide De Gasperi de no ceder a la petición de las jerarquías eclesiásticas de la época, que insistían en introducir en la nueva Constitución republicana el principio de la indisolubilidad del matrimonio. Si había un hombre de fe auténtica y de leal fidelidad a la Iglesia, ese era De Gasperi. Si había un hombre que creía profundamente en el valor del matrimonio, ese era De Gasperi. Pero De Gasperi sentía horror —como escribe en las cartas a su esposa desde el cautiverio— ante la idea de imponer por la fuerza de la ley lo que debe ofrecerse a la libre adhesión de la persona. El amor por la libertad emerge poéticamente en cada línea que escribe a su amadísima esposa.
Hace años me resultaba liberador escuchar las palabras del papa Benedicto XVI en sus discursos políticos, que habría que redescubrir, siempre atento a distinguir la obra del hombre de la obra de Dios, y a exaltar el valor del compromiso en las cosas humanas. Hablando de la responsabilidad de los creyentes en la política, dice:
«No es moral el moralismo que pretende llevar a cabo por sí mismo las cosas de Dios. Lo es, en cambio, la lealtad que acepta los límites del hombre y realiza, dentro de esos límites, la obra del hombre. No es la ausencia de todo compromiso, sino el compromiso mismo, la verdadera moral de la actividad política».
A propósito del compromiso, Amos Oz dice en su Tübingen Lecture: «En mi mundo, la palabra compromiso es sinónimo de vida. Y donde hay vida, hay compromisos. Lo contrario del compromiso no es la integridad, ni el idealismo, ni la determinación o la devoción. Lo contrario del compromiso es el fanatismo, la muerte».
«Compromiso» es una palabra hermosa: significa prometer juntos. Supone escuchar al otro, abrir la mente y el corazón. Y a menudo, créanme, he visto brotar respuestas innovadoras y creativas precisamente de la necesidad de avanzar mediante compromisos.
La apertura a recoger fragmentos de verdad que surgen al escuchar al otro es generativa, suscita nuevas soluciones, mueve la historia.
La falta de disposición al compromiso niega la existencia del otro, es violencia y tiende a destruir.
En el ámbito de la justicia, que es mi campo de compromiso cotidiano, la intransigencia, el rigor y el maximalismo conducen a la negación de lo que deberían lograr. Fiat iustitia et pereat mundus: «Hágase justicia, aunque perezca el mundo», decían los romanos. ¿Pero es la destrucción del mundo lo que queremos lograr con nuestro «hacer justicia»?
«Sin la perspectiva de un más allá, la justicia es imposible», dice don Luigi Giussani en El sentido religioso.
Aceptar que las cosas humanas siempre están marcadas por una imperfección, por una grieta, por una herida —«la humanidad magnífica y herida», dice León XIV en la encíclica— no equivale a conformarse con la mediocridad, sino a actuar con la conciencia de los propios límites, los límites de las circunstancias y la necesidad ineludible de dar un paso más.
La conciencia de la imperfección de la ciudad del hombre exige una reconstrucción continua, una adaptación constante a las circunstancias cambiantes, una regeneración permanente de la obra realizada, tal y como Nehemías describe la reconstrucción de los muros de Jerusalén, según la imagen con la que el papa León describe la presencia del cristiano en la historia:
«Tras el exilio babilónico, una parte del pueblo regresó a Jerusalén, pero la ciudad seguía en ruinas, los muros se habían derrumbado y las puertas estaban quemadas. Nehemías, un judío al servicio del rey persa Artajerjes, recibe la noticia del desastroso estado de la ciudad de los padres. Antes de actuar, ayuna, reza, intercede por el pueblo; luego pide al rey permiso para volver a Jerusalén y, una vez allí, examina en silencio los lugares destruidos. No impone soluciones desde arriba. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla que reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos, hace frente a las oposiciones. El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, cabezas de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los lazos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor» (párr. 8, Magnifica Humanitas).
No hace falta comentar esta imagen de la gran reconstrucción, tan evocadora, sobre todo en una época como la nuestra marcada por la destrucción, como en Babilonia.
Quisiera concluir con un último pasaje: ¿qué nos permite aceptar una solución imperfecta, de compromiso, que sabemos que no se ajusta a nuestros ideales?
Es la conciencia de que nuestra tarea no es pronunciar una palabra definitiva sobre la historia humana, que ninguno de nosotros es dueño de la historia. Permítanme decirlo en palabras de san Ambrosio, patrón de mi ciudad, gran obispo de Milán, funcionario y gobernador del Imperio romano, que conocía bien las dinámicas del poder y sus efectos sobre el corazón humano: Quam multos dominos habet qui unum refugerit!: «Cuántos amos tienen aquellos que rechazan al único Señor».
Entrar en la vida pública con una agenda predeterminada significa entregarse a un ídolo. Entrar en ella con la conciencia de que ninguno de nosotros es dueño de la historia nos libera de nuestros propios éxitos, de las ataduras del poder, del éxito de nuestros proyectos, incluso de nuestros ideales, que a menudo están filtrados por imágenes parciales y subjetivas.
Ser creyente en la esfera pública no significa imponer a todos «una agenda católica». El mejor cumplido que me han hecho al final de una agotadora mediación, necesaria para realizar algunas reformas indispensables de la justicia en Italia, vino de algunos actores políticos que, ante el enésimo «compromiso» en medio de la sala parlamentaria, exclamaron: «¡Pero, en verdad, ministra Cartabia, usted no tiene una agenda oculta y solo quiere llevar a cabo lo que es útil para el país!».
Libres de nuestros propios proyectos, para recoger las sugerencias de la historia.
«El cristiano lleva una vida dentro de su propia vida, camina entre los hombres con un secreto en el corazón. Lo deja, lo vuelve a encontrar. Y se encuentra con muchos hombres que pertenecen a esta vida, aunque no se reconozcan en el nombre cristiano» (Emmanuel Mounier, 1933).
FUENTE: paginasdigital.com/sin-una-agenda-predeterminada-la-belleza-del-compromiso/

