La Doctrina Social de la Iglesia ha vuelto al tema de la familia en innumerables ocasiones, pero este ha experimentado en los últimos años una rápida profundización, especialmente tras la gravísima crisis que ha afectado a esta institución fundamental de la sociedad humana.

No hay duda de que la enseñanza más actualizada (y, en muchos sentidos, verdaderamente innovadora a nivel pastoral) sobre el tema es la contenida en la exhortación apostólica postsinodal del papa Francisco Amoris laetitia (sobre el amor en la familia). Esta exhortación, de hecho, se basa en las conclusiones de dos Sínodos mundiales de obispos, en dos años sucesivos (2014 y 2015), dedicados al estudio de los problemas actuales de la familia, y en los que el papa estuvo fuertemente implicado.

El documento postsinodal -explica el mismo papa Francisco (Amoris laetitia n. 6) – afronta el tema, no ya mediante reflexiones y orientaciones deducidas a partir de los sumos principios del «derecho natural» y de la revelación, como sucedía en los inicios de la DSI, sino aplicando el «método inductivo» que introdujo el papa Juan XXIII en la encíclica Mater et magistra, utilizado por el Concilio Vaticano II, sobre todo en Gaudium et spes, consagrado por Pablo VI en Octogésima adveniens, y que el papa Francisco ha restaurado a partir de la encíclica Laudato si.

Este «método inductivo» implica tres pasos sucesivos: ver, juzgar y actuar (con estos tres verbos lo sintetizó el mismo Juan XXIII en Mater et magistra). Es lo que hace el papa Francisco. Para afrontar la cuestión sobre el amor en la familia, nosinvita: primero, a «ver», es decir, a leer los signos de los tiempos, «para mantener los pies en la tierra», analizando la situación crítica de la familia hoy tal como es (cap.2); segundo a «juzgar», es decir, a interpretar la crisis actual de la familia a la luz de la palabra de Dios (caps. 1 y 3) y del magisterio de la Iglesia (caps. 4-7); 3) y, finalmente, a actuar, es decir a elaborar una nueva praxis pastoral, especialmente frente a los numerosos casos de fragilidad de la familia y del matrimonio (cap. 8). A modo de conclusión, el papa no omite sugerir algunas líneas fundamentales de espiritualidad familiar (cap. 9).

La crisis de la familia (cap. 2)

El papa Francisco pone de relieve, en primer lugar, la causa principal de la actual crisis de la familia, sobre la que ya había llamado la atención el Sínodo de los Obispos de 2014: está ligada -dice- al «cambio antropológico-cultural, [que] afecta a todos los aspectos de la vida actual» (n. 32). De hecho, este cambio cultural ha generado el actual «individualismo exasperado», que distorsiona los lazos familiares de raíz.

Ciertamente, la revalorización del individuo por la cultura moderna ha producido, por un lado, importantes efectos positivos: ha conducido a mejoras sociales en materia de derechos humanos, ha favorecido la evolución de las relaciones interpersonales, ha llevado a una nueva concepción de la relación entre los sexos y a la afirmación de la prioridad de la relación afectiva sobre la jurídica en la vida de pareja.

Pero, por otro lado, el proceso de privatización, sumándose al proceso de secularización y a la pérdida del sentido sagrado de la vida, ha influido negativamente en la familia mucho más que en otros ámbitos de la vida social. En esencia, la prevalencia del individualismo ha eclipsado la relevancia social y civil de la familia, confinando el matrimonio a la esfera privada y allanando el camino para la proliferación de nuevas relaciones de convivencia basadas en la libertad individual de los miembros de la pareja, sin que estos tengan que rendir cuentas a nadie de su elección y sin ninguna responsabilidad ante la sociedad. Por lo tanto, se ha difundido una cultura que considera la forma «natural» de familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer solo como uno de los diferentes modelos sociológicos posibles, una de las muchas formas de «cohabitación estable entre personas». Hasta el punto de que la atención privilegiada que se sigue reservando con razón en algunos países a la «familia natural» se ve a menudo incluso como un acto de discriminación contra las llamadas «uniones libres». En efecto, se desea que las parejas de hecho, homosexuales y heterosexuales, sean consideradas y tratadas como formas legítimas de familia, equiparadas en todos los aspectos a la basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.

El papa Francisco denuncia «el creciente peligro que representa un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, haciendo que prevalezca, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto» (n. 33). Se corre el riesgo de transformar la familia «en un lugar de paso, al que uno acude cuando le parece conveniente para sí mismo, o donde uno va a reclamar derechos, mientras los vínculos quedan abandonados a la precariedad voluble de los deseos y las circunstancias» (n. 34).

Obviamente, junto a esta naturaleza cultural de la crisis familiar, hay que tener en cuenta otras graves causas concomitantes. Entre ellas, el papa señala la difusión de la pornografía y la comercialización del cuerpo; el declive demográfico; el debilitamiento de la fe y la práctica religiosa; la falta de una vivienda digna; el creciente número de niños nacidos fuera del matrimonio y que viven o bien con un solo progenitor o en un contexto familiar ampliado o reconstituido; el drama de la migración forzada; el de las familias con personas discapacitadas y minusválidas; la presencia de los ancianos; la pobreza y, por último, el desafío de la ideología de género, que niega la diferencia y la reciprocidad natural del hombre y la mujer (nn. 42-56).

Al mismo tiempo, hay que admitir que ni siquiera la Iglesia fue capaz de prever el cambio antropológico que la evolución cultural contemporánea estaba produciendo. Con raras excepciones. Entre estas, por ejemplo, no podemos olvidar al cardenal Martini que, ya en el año 2000, dijo: «Durante demasiado tiempo quizás hemos dejado que prevalezca una idea predominantemente jurídica y económica de la relación de cohabitación, destinada casi exclusivamente a la procreación de la descendencia, dando la impresión de que esta institución no era una cohabitación de personas, sino un hecho objetivo aparte de ellas» .

Efectivamente, el acento puesto en el aspecto jurídico y económico ha oscurecido, durante siglos, la imagen de la familia como comunidad de amor, misterio del amor de Cristo y de la Iglesia. Se ha dado a la institución familiar una fuerte relevancia externa, pero una escasa connotación interior: «El afecto conyugal era demasiadas veces un dato accesorio que llegaba a formar parte del universo del consenso, y la educación de los hijos era frecuentemente el resultado más del control social que de la misma familia» (C. M. Martini, “Familia y política”: Aggiornamienti Sociali 3 (2001), 253).

Lo que ha pasado es que:

«con frecuencia presentamos el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, el llamado a crecer en el amor y el ideal de ayuda mutua, quedó opacado por un acento casi excluyente en el deber de la procreación. Tampoco hemos hecho un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años, con propuestas que se adapten a sus horarios, a sus lenguajes, a sus inquietudes más concretas. Otras veces, hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario. Durante mucho tiempo creímos que con solo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya sosteníamos suficientemente a las familias, consolidábamos el vínculo de los esposos y llenábamos de sentido sus vidas compartidas.

Tenemos dificultad para presentar al matrimonio más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida. También nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas» (nn. 36-37).

No debemos olvidar nunca -insiste a su vez el papa Francisco- que «estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas» (n. 37).

Con otras palabras, el mensaje de la Iglesia no puede ser diferente de la actitud de Jesús, que, mientras, por un lado, proponía un ideal exigente del matrimonio y de la familia, por otro lado, no ocultaba nunca su cercanía compasiva a las personas frágiles como la samaritana o la mujer adultera (cf. n. 38). ¿Cómo «juzgar», por tanto, la grave crisis que hoy afecta a la familia a la luz de la palabra de Dios?

Interpretación de la crisis a la luz de la palabra de Dios (caps. 1 y 3)

Al principio de la exhortación apostólica postsinodal, para dar un tono apropiado a todo el documento, el papa Francisco hace una rápida revisión de la Biblia (cap. 1). De hecho, los acontecimientos que se narran en ella están unidos entre sí, como por un hilo conductor, por la narración de acontecimientos familiares: «El evangelio de la familia -subraya el papa- recorre la historia del mundo desde la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) hasta el cumplimiento del misterio de la Alianza en Cristo al final de los siglos con las bodas del Cordero (cf. Ap 19,9)» (n. 63).

Los acontecimientos familiares son el lugar privilegiado a través del que Dios realiza la historia de la salvación; su historia es presentada en la Biblia no como una secuencia de ideas abstractas, sino como la secuencia de un viaje, muy concreto, propio de toda familia, sin ignorar los aspectos negativos de crisis, prueba y dolor, que caracterizan la vida humana de todos los tiempos (cf. n. 33).

De lo que se deduce que, para la Biblia, la familia es el lugar de la transmisión de la fe, una escuela de vida donde, por un lado, los padres aprenden que los hijos no son su propiedad, sino que cada uno tiene ante sí un camino personal de vida que está inserto en el plan más amplio de Dios, y, por otro lado, los hijos aprenden de su familia no solo el bien, sino también a afrontar el dolor, el mal, la violencia, que desgarran la vida de la humanidad.

Conviene repetir aquí, pero ilustrándolo con las palabras del papa Francisco, cuanto hemos dicho, en la primera parte, sobre el «principio personalista» en la familia. El relato bíblico comienza recordando que Dios creo al ser humano a su imagen y semejanza, El autor sagrado habla usando el singular: «lo creó»; pero añade inmediatamente, pasando al plural, «hombre y mujer los creó» (Gn 1,27).

Es decir, el ser humano, precisamente porque es creado a imagen y semejanza de Dios, no es un ser aislado, encerrado en sí; la persona humana es por su naturaleza un «ser en relación», intrínsecamente «social», a imagen de Dios, que es Trinidad; las relaciones humanas interpersonales son relaciones de comunión y amor, a imagen de las de la Trinidad; «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor» . «Sorprendentemente, -concluye el papa Francisco- la “imagen de Dios” tiene como paralelo explicativo precisamente a la pareja “hombre y mujer”» (n.10). «Desde el principio -comenta el Concilio- los hizo hombre y mujer (Gn 1,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás» .

La Escritura, no obstante, insiste sobre todo en el hecho de que el amor pertenece al ser mismo de la persona y orienta esencialmente al hombre y la mujer entre sí hasta llegar a ser -en la familia- «una sola carne», «no solamente en su dimensión sexual y corpórea sino también en su donación voluntaria de amor. El fruto de esta unión es “ser una sola came”, sea en el abrazo físico, sea en la unión de los corazones y de las vidas y, quizás, en el hijo que nacerá de los dos, el cual llevará en sí, uniéndolas no solo genéticamente sino también espiritualmente, las dos “carnes”» (n. 13).

Por eso, la familia, es decir, la unión entre el hombre y la mujer fundada en el matrimonio, posee -a imagen de Dios- una triple característica: está fundada en el amor, es indisoluble y es fecunda. Amor, indisolubilidad y fecundidad son los tres pilares fundamentales que hacen a la familia humana «imagen y semejanza» de la familia divina.

Si faltan uno u otro de estos elementos esenciales, la relación física en sí misma se ve privada de significado. El don integral del cuerpo es mentira cuando no es expresión del don total de la propia interioridad de la persona: «La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente»( Familiaris consortio 11).

Por esta razón las relaciones prematrimoniales y extraconyugales carecen de significado, al no ser expresión sincera de una donación interior total, indisoluble, de toda la vida y para toda la vida.

Cuando, en cambio, con el matrimonio se realiza una donación personal total, entonces el acto conyugal se convierte en la cumbre del diálogo afectivo, el momento de mayor intensidad sacramental de la vida matrimonial, porque refleja la unión misma, la comunicación de amor de Cristo por la Iglesia.

Por esto -insiste el papa Francisco-, para superar la crisis gravísima de la familia, es urgente, en el contexto sociocultural de nuestro tiempo, volver a fundamentar la familia en la perspectiva de Dios, en su valor absoluto, a la luz de la palabra. No obstante, el papa -también en este caso- prefiere realizar un discurso pastoral más que doctrinal y exegético. El modo más eficaz de defender la familia es demostrar con los hechos, con la vida, que la fe en la palabra de Dios concede a los esposos la gracia divina y hace concretamente posible un modelo de familia feliz que a muchos les parece imposible.

No basta decirlo con palabras. La gente está hoy cansada de palabras. Son necesarios los testimonios. Hay necesidad de encontrar familias concretas, dispuestas a dar razón de su experiencia positiva, que viven en la fe y con alegría el sacramento del matrimonio, dejando traslucir el gran misterio de la unión de Cristo con la Iglesia, del que habla la Escritura.

En otras palabras, para sanar la familia hay que partir de la fe en la palabra de Dios y de la necesidad de la gracia:

«Con esta mirada, hecha de fe y de amor, de gracia y de compromiso, de familia humana y de Trinidad divina, contemplamos la familia que la Palabra de Dios confía en las manos del varón, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La actividad generativa y educativa es, a su vez, un reflejo de la obra creadora del Padre. La familia está llamada a compartir la oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eucarística para hacer crecer el amor y convertirse cada vez más en templo donde habita el Espíritu» (n. 29).

Concluye el papa Francisco diciendo:

«Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar.

Es verdad que no tiene sentido quedamos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Tampoco sirve pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad. Nos cabe un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentar las razones y las motivaciones para optar por el matrimonio y la familia, de manera que las personas estén mejor dispuestas a responder a la gracia que Dios les ofrece»(n. 35).

A la luz de la enseñanza de la Iglesia (caps, 4-7)

Después de recurrir a la palabra de Dios, el papa Francisco lee la crisis actual de la familia a la luz de la enseñanza del magisterio de la Iglesia. Esta es la parte más innovadora y controvertida de la exhortación apostólica postsinodal, porque, al afrontar el tema de las fragilidades que hoy afligen a la familia y el matrimonio, el papa compromete a la Iglesia a un «giro» valiente sobre todo desde el punto de vista pastoral (cap. 8).

Primero, no obstante, el documento reafirma y profundiza, en continuidad con la enseñanza tradicional de la Iglesia, los tres pilares de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Estos pilares son el amor, la indisolubilidad y la fecundidad.

Al tema del amor se dedica todo el cap. 4. Una verdadera joya, en la que, partiendo del himno a la caridad de San Pablo (1 Cor 13,4-7), el papa traza un cuadro fascinante de lo que llama la «caridad conyugal»:

«Esta forma tan particular de amor que es el matrimonio, está llamada a una constante maduración, porque hay que aplicarle siempre aquello que santo Tomás de Aquino decía de la caridad: “La caridad, en razón de su naturaleza, no tiene límite de aumento, ya que es una participación de la infinita caridad, que es el Espíritu Santo […]. Tampoco por parte del sujeto se le puede prefijar un límite, porque al crecer la caridad, sobrecrece también la capacidad para un aumento superior”»(n. 134) . 

En segundo lugar, la exhortación apostólica reafirma la necesidad de la indisolubilidad de la alianza matrimonial, fundada en el amor. El papa puntualiza:

«No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amamos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad. El amor que nos prometemos supera toda emoción, sentimiento o estado de ánimo, aunque pueda incluirlos. Es un querer más hondo, con una decisión del corazón que involucra toda la existencia»(n. 163).

Finalmente, el papa retoma el argumento tradicional relativo al hecho de que la familia es fecunda por su naturaleza: cuando dos personas se aman y se dan la vida recíprocamente, su amor es siempre fecundo. Genera vida nueva. Esta fecundidad intrínseca de la familia se manifiesta en diversos niveles.

El primero es el de la fecundidad espiritual: el amor produce alegría, confianza en la vida y en sí mismos, y crecimiento humano. Desde el primer encuentro y desde el noviazgo, el amor que nace de la complementariedad de los valores masculinos y femeninos constituye un enriquecimiento mutuo. Lamentablemente, esta fecundidad espiritual se marchita a menudo después en la vida matrimonial, aplastada por la indiferencia, la rutina y el egoísmo. Es la primera forma de esterilidad de la pareja.

Un segundo nivel es el de la fecundidad física. Puede decirse que la fecundidad espiritual alcanza su cima en la generación física del hijo. El mayor enriquecimiento en la vida de pareja se produce cuando los cónyuges se hacen padre y madre recíprocamente. «El amor conyugal “no se agota dentro de la pareja muchas veces: permiso, gracias, perdón. «Cuando en una familia no se es entrometido y se pide “permiso”, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir “gracias”, y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir “perdón”, en esa familia hay paz y hay alegría» (n.133). […] Los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre”» (n. 165).

Gracias, por consiguiente, a la fecundidad espiritual y física, la vida de pareja se transforma en comunión familiar. Lamentablemente, la cultura dominante, además de marchitar la fecundidad espiritual, tiende a dificultar también la fecundidad física. Se tiene temor a dar a luz un hijo porque engendrar una vida nueva cuesta, psicológica y económicamente.

Finalmente, se encuentra una fecundidad social. La familia, en efecto, desarrolla una función de formación humana insustituible, es la primera escuela de valores sociales, de comunión, de libertad y de solidaridad. No una escuela teórica, sino una escuela de vida.

Es como un microcosmos social, donde se aprenden las relaciones interpersonales, el respeto a la autoridad y a las personas, el sentido del bien común, de la responsabilidad y de la solidaridad, del diálogo.

También en este sentido, repite el papa, corresponde a las familias cristianas mostrar con el ejemplo que el ideal de la familia fundada en el matrimonio indisoluble y abierto al don de la vida, no solo es posible con la gracia de Dios, sino también bello y fuente de alegría; no solo es la realización plena de la persona humana, sino el fundamento insustituible de la sociedad más fraterna y más justa que todos deseamos. El amor y la solidaridad son el vínculo que une a las personas entre sí, no solo en familia, sino también en la sociedad civil. «Un matrimonio que experimente la fuerza del amor, sabe que ese amor está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia. Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer “doméstico” el mundo, para que todos lleguen a sentir a cada ser humano como un hermano»(n. 183).

La fecundidad, por consiguiente, no significa solamente engendrar vida nueva, sino que incluye también el deber de la educación. No se trata solo de traer hijos al mundo, sino de formarlos en una libertad responsable (cf. n. 267); sin sustituirlos, sino ayudándoles a ser protagonistas de la propia educación. A este arte necesario, pero difícil, de la educación de los hijos el papa Francisco dedica todo el capítulo 7, sumamente importante.

En el pensamiento moderno, es como si hubiéramos olvidado que todos somos básicamente "migrantes".

El «giro pastoral» en los casos de fragilidad (cap. 8)

Después de haber reafirmado y renovado la enseñanza tradicional del magisterio sobre los pilares esenciales del matrimonio y la familia, el papa Francisco dirige la atención a las numerosas y graves fragilidades a las que se ven sometidos actualmente. Se impone, por consiguiente, una auténtica conversión pastoral. Este es el punto sobre el que el documento lleva a cabo una profunda innovación con respecto a la praxis consolidada de la Iglesia. Esta parte del documento no solo era la más esperada, sino que es aún la más discutida y difícil de explicar.

El papa Francisco indica tres orientaciones pastorales nuevas:  acompañar, discernir e integrar, e inspirarse en el «realismo de Dios».

Acompañar

«Esto exige a toda la Iglesia una conversión misionera: es necesario no quedarse en un anuncio meramente teórico y desvinculado de los problemas reales de las personas. […].

No se trata solamente de presentar una normativa, sino de proponer valores, respondiendo a la necesidad que se constata hoy, incluso en los países más secularizados» (n. 201).

Es necesario acompañar a los novios al altar y a las parejas jóvenes en los primeros pasos después del matrimonio. No se trata de ofrecer únicamente convicciones doctrinales y tampoco solamente los preciosos recursos espirituales que puede dar la Iglesia, «sino que también deben ser caminos prácticos, consejos bien encamados, tácticas tomadas de la experiencia, orientaciones psicológicas. Todo esto configura una pedagogía del amor que no puede ignorar la sensibilidad actual de los jóvenes, en 114 orden a movilizarlos interiormente» (n. 211).

Particularmente delicado es el acompañamiento en las crisis difíciles, personales y de pareja, que hoy afectan a menudo a la vida conyugal y familiar. Se necesita una atención nueva de toda la Iglesia, especialmente ante casos de ruptura y de fracaso del matrimonio.

«Hay que reconocer que “hay casos donde la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia”. Pero debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil» (n. 241).

El papa sugiere, por tanto, seguir también en este caso el camino del discernimiento y de la integración.

Discernir e integrar

El discernimiento y la integración son necesarios, sobre todo ante los problemas más graves.

Sobre el intento de equiparar las parejas homosexuales con la familia natural, se mantiene el juicio negativo de siempre: «Sobre los proyectos de equiparación de las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio, no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia» (n. 251).

Mas matizada, en cambio, deber ser la actitud pastoral de la Iglesia antes las situaciones llamadas «irregulares». «Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia» (n. 298). Dicho esto, en el caso de las uniones o parejas de hecho, o de quien han contraído solamente matrimonio civil, el acompañamiento consistirá en valorar aquellos «signos de amor que de algún modo reflejan el amor de Dios», tratando de transformarlas «en oportunidad de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio» (n. 294).

Más complicado, en cambio, es el caso de los divorciados vueltos a casar. En primer lugar, «A las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que “no están excomulgadas” y no son tratadas como tales, porque siempre integran la comunión eclesial. Estas situaciones “exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación en la vida de la comunidad. Para la comunidad cristiana, hacerse cargo de ellos no implica un debilitamiento de su fe y de su testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, es más, en ese cuidado expresa precisamente su caridad”» (n. 243).

El papa no duda en afirmar, con los padres sinodales, que «los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo» (n. 299). Sin embargo, dada la innumerable variedad de las situaciones concretas, no es posible fijar «una nueva normativa general de tipo canónico, aplicable a todos los casos», sino que los presbíteros, «en el fuero interno», deberán realizar «un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares» y «acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del obispo» (n. 300).

En este punto surge la pregunta: ¿hasta qué punto se puede impulsar la integración en la vida eclesial de los bautizados divorciados y vueltos a casar civilmente? Aquí reside la mayor novedad de la exhortación apostólica, que va más allá de los límites de la disciplina canónica anterior y llega a considerar la posibilidad de acceso a los sacramentos y a la eucaristía. Sin embargo, el papa lo hace solo en dos notas breves, no en el texto.

En efecto, después de haber dicho que, a la luz del discernimiento, «el grado de responsabilidad no es el mismo en todos los casos» y que, por lo tanto, «las consecuencias o los efectos de una norma no tienen por qué ser siempre los mismos» (n. 300), en la nota 336 añade: «ni siquiera en lo que se refiere a la disciplina sacramental, ya que el discernimiento puede reconocer que en una situación particular no hay ninguna falta grave».

Este es el punto más delicado. ¿Cómo es posible -preguntan los críticos del papa Bergoglio- que la situación o las circunstancias puedan permitir llevar a cabo con buena conciencia lo que es «irregular» y que la ley moral califica como intrínsicamente malo?

Responde el papa Francisco:

«La Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada “irregular” viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender “los valores inherentes a la norma” o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien expresaron los Padres sinodales, “puede haber factores que limitan la capacidad de decisión”» (n. 301).

Por eso, para resolver la tensión entre conciencia subjetiva y objetividad de la ley, el papa Francisco insiste en la necesidad de recurrir al «discernimiento» y al «diálogo».

El «discernimiento» es necesario no solo en los casos más difíciles, sino que debería ser el estilo pastoral común: se trata de abrirse a la palabra de Dios para orientar la vida concreta de cada fiel. El papa especifica: «a causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado -que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno- se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia» (n. 305). Y, en la nota, añade: «en ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor. Igualmente destaco que la eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles».

Como vemos, el papa no da una respuesta seca: «se puede» o «no se puede», sino que la disciplina pastoral debe aplicarse según el diverso grado de responsabilidad personal. La antigua normativa canónica no es sustituida por una nueva disciplina, sino que se deja la determinación, caso por caso, al discernimiento pastoral.

No es de extrañar que esta novedad haya producido en muchos confusión y desconcierto, acostumbrados como estábamos a seguir reglas estrictas y claras. El mismo papa, al no poder dar indicaciones precisas y válidas para todos los casos, implica a todos (fieles y agentes pastorales) en un esfuerzo común de discernimiento evangélico y eclesial. Por lo tanto, no se excluye que las indicaciones esenciales de la exhortación apostólica puedan ir seguidas de ulteriores aclaraciones que ayuden a una cierta homogeneidad pastoral, que dé el sentido de un camino eclesial, evitando el peligro de caer en una mentalidad individualista o incluso privatizadora. En este punto, sin embargo, es necesario incluir el discurso sobre la relación entre la misericordia y la justicia, que debe iluminar y guiar el necesario discernimiento pastoral.

Inspirarse en el «realismo de Dios»

«Poner el acento en la misericordia», explica el papa, «nos sitúa ante la realidad de modo realista, pero no con un realismo cualquiera, sino con el realismo de Dios» . Esta referencia al «realismo de Dios» es la auténtica respuesta del papa Francisco a sus críticos:

«No se trata -continúa- de no proponer el ideal evangélico, no, no se trata de esto. Al contrario, nos invita a vivirlo dentro de la historia, con todo lo que ello comporta. Y esto no significa no ser claros en la doctrina, sino evitar caer en juicios y actitudes que no asumen la complejidad de la vida. […] Comprendo a aquellos que prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a algún tipo de confusión, los comprendo. Pero creo sinceramente que Jesús quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu esparce en medio de la fragilidad: una Madre que, en el momento mismo en que expresa claramente su enseñanza objetiva, “no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de ensuciarse con el barro del camino”. […] Y quien más se ensució las manos es Jesús. Jesús es quien más se ensució. No era alguien que buscaba estar “limpio”, sino que iba a la gente, entre la gente y trataba a la gente como era, no como debía ser» .

La misericordia, por tanto, no es contraria a la verdad, no es buenismo o sentimentalismo, sino que encarna la verdad en la vida. Esto lo hace Dios con el pecador, cada vez que le ofrece una posibilidad de arrepentirse, convertirse y creer. «Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. El la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» .

Conclusión

Dejamos la conclusión al cardenal Schónborn: «Francisco ha dado un paso importante al obligarnos a clarificar algo que había permanecido implícito en Familiaris consortio: el vínculo entre la objetividad de una situación de pecado y la vida de gracia en relación con Dios y con su Iglesia, y -como consecuencia lógica- la concreta imputabilidad de pecado»11. El paso adelante dado por Francisco con respecto al papa Wojtyla consiste principalmente en la «toma de conciencia de una evolución objetiva, la de los condicionamientos propios de nuestras sociedades. Es una inclusión más amplia en el discernimiento de los elementos que suprimen o atenúan la imputabilidad y en el discernimiento de un viaje objetivamente significativo hacia la plenitud del Evangelio. Incluso si esto no es todavía el ideal objetivo, tal no culpabilidad acompañada de pequeños pasos hacia lo que estamos llamados no es poco a los ojos del Buen Pastor. Estamos en el corazón de la vida cristiana. Este proceso dinámico tiene objetivamente un valor significativo que debe tenerse en cuenta en un discernimiento impregnado de misericordia cuando se trata de la cuestión de la ayuda sacramental de la Iglesia».

Aquí es donde reside la verdadera novedad del papa Francisco: no en la ruptura con el anterior magisterio de la Iglesia, sino en su ulterior profundización, a la luz tanto de la complejidad de los condicionamientos que, en la sociedad actual, limitan la capacidad de decisión de muchas conciencias, como del «realismo de Dios» .