En este artículo, el  P. Carlos Ruiz  (sacerdote y teólogo), expone la reivindicación de una correcta interpretación de la Doctrina Social de la Iglesia por parte de Guillermo Rovirosa, siguiendo las principales etapas de su vida de converso. Rovirosa reconoce en los principios fundamentales de la DSI el eco del propio Evangelio y de las aspiraciones de las víctimas de la injusticia, pero también se da cuenta de lo fácil que es manipular esos principios si no se encarnan en propuestas protagonizadas por los propios pobres, al servicio de la liberación integral de sus hermanos.

La conversión de Rovirosa y su encarnación en el mundo obrero

El día de Navidad de 1933, a las 6 de la mañana, Rovirosa hizo su «verdadera Primera Comunión», según sus palabras. Era el culmen de una turbulenta lucha interior de meses, en la que venció la Gracia, que se sirvió del amor y la oración de su esposa Caterina, de los diálogos con el P. Fariña, agustino y futuro mártir, y de las Confesiones de S. Agustín. Ese 25 de diciembre de 1933, Rovirosa y su esposa deciden consagrarse a Dios para servirle en los más pobres; ahora solo tenían que descubrir el lugar exacto para esa entrega.

Buscando respuestas, en el otoño de 1934 Rovirosa ingresa en Madrid en el Instituto Social Obrero de D. Ángel Herrera Oria, por entonces seglar y director del influyente periódico El Debate. La versión que de la Doctrina Social daban aquellos «católicos sociales» era reaccionaria, lo cual le llevó a decir: «Acepto gustosamente ser mártir de Jesucristo, pero no tengo ninguna intención de ser mártir de eso que se llama Doctrina Social de la Iglesia». La explicación de la DSI que escuchó en el ISO y en los propagandistas (la ACNDP) estaba al servicio de los privilegiados: asistencialismo, dirigentismo sobre los pobres, reformismo… Rovirosa apenas aguantó tres meses. No quiso saber más de «aquello», que le pareció no solamente «sin garra» para el mundo obrero, sino incluso más coherente con una ética natural burguesa que con los principios del Evangelio.

Apenas año y medio después de ese primer desencuentro con la Doctrina Social de la Iglesia, estalla la Guerra Civil Española. Como la vivienda en la que habitaban él y Caterina se hallaba cerca del frente de Madrid, tuvieron que trasladarse al centro de la ciudad y se instalaron en los sótanos de la institución Cultura y Acción, continuadora del prestigioso Fomento Social de los jesuitas, que seguía disponiendo de una importantísima biblioteca especializada en cuestiones sociales. De este modo insólito, Rovirosa pudo disponer de varios centenares de volúmenes de los que se sirvió como valioso elemento de estudio e investigación para saber cuál era la auténtica naturaleza de la Doctrina Social de la Iglesia. Durante dos años, casi todas las tardes y numerosas noches las consagraba a la lectura y reflexión de aquellos libros: «Fue mi segunda conversión, y representaba con la primera un conjunto armonioso. La primera me hizo encontrarme a mí mismo en Cristo; la segunda, me hizo sumergirme en el Cuerpo Místico», escribió.

A pesar de que los libros de Fomento Social presentaban una versión mucho más respetuosa de la DSI, Rovirosa seguía lamentándose de que desconocían al hombre obrero, sus reales necesidades y sus capacidades. Abundaban en soluciones teóricas, científicamente elaboradas, en las que los trabajadores no tenían asignado papel alguno; se pretendía «darles generosamente la salida a su estado de alienación, pero no se contaba con que ellos pudiesen ser los protagonistas de la liberación». Tampoco este era el camino para encarnar la moral social católica.

Rovirosa, por tanto, rechaza el llamado catolicismo social, representado principalmente por las ramas obreristas de los jesuitas (y de otras importantes órdenes religiosas) y por los propagandistas del P. Ayala y del futuro cardenal Herrera Oria, así como por los sindicatos católicos que existían en su época. Considera, en primer lugar, que son fórmulas fracasadas históricamente entre la clase obrera: por «amarillistas», además de paternalistas, y porque carecían de mentalidad y cultura genuinamente obreras. Rovirosa decía que «espíritus egoístas y utilitarios acostumbrados a vivir «gratis» y sin esfuerzo, tal vez se imaginaban que, ofreciendo objetos y enseñanza gratis a los obreros, caeremos en sus redes como moscas».

En segundo lugar, Rovirosa considera que el «catolicismo social» hacía una interpretación interesada y minimalista de la Doctrina Social de la Iglesia, quitándole todo atractivo para el pobre; por eso, nuestro autor pensaba que en España todavía no se había hecho ninguna adaptación o concreción positiva de la misma.

Por último, rechazaba su dirigentismo: los pobres (en aquel momento, los obreros) no contaban como sujetos de su promoción, sino como objetos de la caridad de los burgueses, tal y como denuncia el papa León XIV [nota de la revista: León XIII / León XIV según edición] en la exhortación apostólica Dilexi te.

A todas estas, cuando la empresa en la que trabajaba fue socializada por la II República española, Rovirosa es elegido por unanimidad presidente del Comité Obrero, cargo que desempeñó hasta el fin de la contienda y que demuestra el afecto del que gozaba entre todo el personal, a pesar de que él no negó nunca su fervor católico.

La HOAC y la DSI

En 1946, por deseo del papa Pío XII, la jerarquía católica pone en marcha la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), que es encomendada muy pronto a Guillermo Rovirosa, el cual le imprime su mística entusiasmante y su sólido planteamiento apostólico. Su objetivo fundamental era promover militantes cristianos pobres en equipos basados en el Mandamiento Nuevo, para lo cual insiste en la necesidad de un plan de formación sistemático y encarnado en la mentalidad de los obreros, que los capacitase para enfrentar los retos apostólicos de su propia clase social sin paternalismos. A esto se opuso con fuerza el sector de «mentalidad social» que existía dentro de la HOAC, es decir, aquellos que pensaban que los obreros estaban incapacitados para ser responsables de su propia organización. En palabras del sacerdote D. Tomás Malagón: «algunos querían algo más social al estilo de Herrera Oria», es decir, querían dirigirlos.

Tras muchos tira y afloja, en la VII Semana Nacional de la HOAC (1952), se aprueba el Plan Cíclico, basado en el método de encuesta, que es una mejora sustancial que Rovirosa hizo a la revisión de vida de la JOC. Eran treinta y seis temas basados en una interpretación de la realidad desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, leídos con mentalidad de promoción (frente a la asistencialista o social), es decir, con los ojos de los pobres en los que se encarnó el propio Dios. Este plan se debía realizar en tres años con un objetivo doble: desarrollar la persona de Encuesta y promover el espíritu de equipo apostólico; esto es, cultivar una cosmovisión y una fraternidad que sirviese al protagonismo de los pobres en su liberación integral y comunitaria.

El tercer año estaba pensado para que los equipos militantes se decidiesen por una especialización en uno de estos cuatro grandes sectores: apostólico, político, sindical o económico; en adelante se llamarán simplemente «los Sectores», que trataban de ser la encarnación de la Doctrina Social de la Iglesia al servicio de la promoción integral y colectiva de los pobres, protagonizada por ellos mismos. Vinculados a ellos estaban los Grupos Obreros de Estudios Sociales (GOES), que debían aportar toda la ilustración conceptual y técnica necesaria para que los militantes acertasen en su apostolado sectorial.

Este proyecto apostólico se enmarca dentro del espíritu comunitarista, que Rovirosa ya plantea en 1949, a los tres años del nacimiento de la HOAC. Ese año, redacta el Manifiesto Comunitarista. Cree llegado el momento de pronunciarse, desde el punto de vista cristiano, en contra de los adversarios de los trabajadores: el capitalismo y el marxismo. Sin aceptar, por ello, una «vía intermedia o un corporativismo de cualquier especie». El padre Azpiazu, máximo representante, por entonces, de la Doctrina Social de la Iglesia, mostró al punto su disconformidad con las ideas del Manifiesto; lo demás vino por añadidura. La censura eclesiástica del Manifiesto se le encomienda al Consiliario del Consejo Superior de Hombres de Acción Católica (Enrique Valcarce, posteriormente nombrado consiliario nacional de la HOAC) el cual pone el grito en el cielo. Sin pérdida de tiempo, eleva su informe a la superior instancia del cardenal Pla y Deniel, quien llama a capítulo a Rovirosa. El cardenal, sin abrir diálogo alguno, le da a conocer su decisión: «Esas tesis no entran en el marco de la Doctrina Social católica». Y zanja el asunto con esta sentencia salomónica: «El autor puede enviar el folleto «como cosa personal» a los suscriptores del Boletín de la HOAC». Rovirosa calla y obedece: de hecho, esta obra no será publicada hasta después de su muerte. Rovirosa se lamentará en una carta a su amigo Ricart de los estrechos márgenes que dejaba la Acción Católica para la libertad propia del laico en los temas temporales: «El pollo queda ahogado en el huevo», sentencia. Como vemos, Rovirosa, desde los primeros años de la HOAC, intenta una propuesta económica nueva, que sea alternativa al capitalismo y que —sobre todo— responda a un planteamiento apostólico acorde con la adultez laical y los nuevos tiempos.

Rovirosa denuncia la lectura interesada de la DSI que se escuda en el respeto de la jerarquía por los distintos sistemas políticos, económicos y sociales (siempre y cuando respeten el derecho natural, como se suele apostillar) para justificar la opresión de los pobres. El católico, dice Rovirosa, no puede limitarse a aplaudir a los que mandan (digan lo que digan) y a dejarlos hacer (hagan lo que hagan); el católico está obligado por la caridad social, que le conmina a todo lo contrario, «y aquí, seguramente, se encuentran los más graves pecados de omisión de esta generación», afirma.

El proyecto de los Sectores de Rovirosa nunca llegó a realizarse en la HOAC, fundamentalmente porque tanto los que querían una HOAC sumisa al Régimen, como los que propugnaban la democracia-cristiana o la social-democracia, entendieron que esto favorecía la independencia política de los militantes, impidiendo su utilización partidista. Los Sectores significaban una acción protagonizada por militantes, con un planteamiento claramente apostólico y sin concesiones al poder. Esta es la verdadera razón de la marginación que sufrió Rovirosa en la obra que él mismo fundó y, posteriormente, de su expulsión de la HOAC y del ostracismo que sufrió.

Calumniado, expulsado de la asociación apostólica que él mismo creó, enfermo y con media pierna amputada después de un accidente, Rovirosa no ceja en plantear la encarnación de la DSI al servicio de los último

El camino para encarnar la DSI: el Copin

Calumniado, expulsado de la asociación apostólica que él mismo creó, enfermo y con media pierna amputada después de un accidente, Rovirosa no ceja en plantear la encarnación de la DSI al servicio de los últimos. Así, en su último periodo de vida, nace una de sus aportaciones más significativas: el proyecto Copin (Cooperatismo o Cooperación Integral), basado en la plena responsabilidad de los seglares, conscientes de la vocación bautismal. Esta iniciativa se puede considerar como una de las primeras semillas que se siembran en España de lo que luego la Iglesia sancionará como «asociaciones privadas de fieles», más allá de lo que suponía el apostolado público de la Acción Católica. Dicha semilla germinará en la Editorial ZYX, presentada por sus fundadores, entre los que se encuentra Guillermo Rovirosa —primer presidente de la misma—, como «apostolado privado seglar».

El proyecto ‘Copin’ también es un plan sistemático presentado en sus mejores obras: Cooperatismo Integral (I y II); Dimas, Judas, FenerismoLa virtud de escuchar y El compromiso temporal. Además, también planteó una serie de Cursillos para iniciar en el «espíritu Copin», siguiendo la metodología utilizada en la HOAC.

En esta etapa, Rovirosa considera que los principios básicos que deben guiar a los que se decidiesen a encarnar la DSI más allá de las ambigüedades burguesas son los mismos que en la etapa anterior, pero con los subrayados siguientes, que nacen de su propia experiencia y reflexión:

  • . Antes de hacer obras, lo más importante es tener espíritu cooperatista, que debe informar todos los aspectos de la vida personal y comunitaria.

  • . Es necesario que todos los que emprendan este camino tengan una cosmovisión y una espiritualidad comunes, basadas en la visión de fe.

  • . Para transformar la sociedad lo más importante no es el cambio legislativo ni el uso de la fuerza, sino el Amor trinitario encarnado en ambientes con más vitalidad que los que se quieren cambiar, para lo cual es necesario que los militantes hagan prender «una idea fecunda en un medio capaz de asimilarla», como el germen de moho cuando cae sobre una res abierta en canal. Precisamente la situación actual de la humanidad es un signo de esperanza, que está reclamando un nuevo tipo de espiritualidad cristiana centrada en el testimonio comunitario y ambiental:

    «Los «focos» de cristianismo individual no han dejado nunca de existir desde hace veinte siglos y ahí están los santos como prueba evidente; pero la sociedad no estaba en las condiciones requeridas de humedad y temperatura (valga el símil) para que pudieran desarrollarse los gérmenes (que están en la Iglesia, como depositaria del Nuevo Testamento) de un cristianismo social. Hoy la aridez y la sequedad todavía perviven, como hecho, porque no se encuentra otra cosa, pero existe un descontento difuso que hace a la sociedad «apta» para que puedan darse soluciones de tipo comunitario cristiano en las que hace pocos años no podía todavía ni pensarse».

  • . La mayor parte de los militantes del Cooperatismo Integral saldrá de la muchedumbre de los vencidos, para los cuales los ideales de justicia y de libertad se ajustan a su necesidad de poder realizarse como hombres en los planos material, cultural y sobrenatural; sin embargo, Rovirosa no descarta que también formen parte de él aquellos que ya han podido realizar adecuadamente objetivos, los cuales se moverán más por impulsos generosos de lograr para los demás (que para ellos son Cristo necesitado) la libertad de los hijos de Dios y la justicia de su Reino: «No hay duda de que estos últimos, aun siendo pocos en número, han de desempeñar un gran papel, ya que llevan por delante el propio sacrificio, y esto es fundamental en la Obra de Dios».

Después de este breve recorrido por la obra y vida de Rovirosa, no nos queda duda de que su aportación para la comprensión y aplicación de la DSI es indispensable para nuestro tiempo.

Fuente : Revista Id y Evangelizad