… sobre la base de una comprensión cristiana de las relaciones humanas y sociales, ¿qué es lo que Dios pide de nosotros en esas relaciones?. Que amemos a nuestro prójimo y que reconozcamos que la caridad para con él va más allá de la justicia, pero siempre la incluye. Una consideración adecuada de la justicia lleva siempre consigo, no sólo una preocupación porque se haga justicia o se remedie en toda ocasión la injusticia, sino también la resistencia a las instituciones que sistemáticamente, engendran injusticia y, donde sea posible, también su abolición.

Con demasiada frecuencia, los cristianos se han comportado mal -confirmando así lo que el cristianismo enseña acerca del pecado-, al no reconocer con la prontitud necesaria los males de tales instituciones, y al no responder a ellos. Mucho después de que los males de la esclavitud en América del Norte y en América Latina, y la posibilidad de su abolición, debiera haberse hecho patente para ellos, demasiados cristianos seguían estando ciegos ante esos males y cuando la perversidad del fascismo y del nacionalsocialismo eran ya demasiado obvias, demasiados cristianos, se negaban a reconocerlas, no digamos; nada de implicarse en la resistencia.

Por eso hacemos bien en honrar a quienes sí entendieron lo que requerían la caridad y la justicia: cristiano como como el dominico Bartolomé de las Casas, los anglicanos evangélicos John Newton y William Wilberforce, el luterano Dietrich Bonhoeffer, y los católicos Edith Stein, Maximiliano  Kolbe y Franz Jägerstetter.

Por los mismos motivos, deberíamos también honrar a la pequeña minoría de cristianos, tanto clérigos como laicos, que reconocieron relativamente pronto las injusticias sistemáticas generadas por el capitalismo comercial e industrial, tanto el incipiente como el desarrollado. Esos males eran y son de dos tipos. Por una parte, está el amplio espectro de injusticias particulares perpetradas contra individuos y grupos en tal o cual ocasión concreta, en las que quienes cometieron las injusticias podrían haber obrado de otro modo sin dejar de ser coherentes con los criterios de beneficio y pérdida, de éxito y de fracaso comercial e industrial, que vienen impuestos en un orden social capitalista por ese mismo orden. La causa inmediata de tales injusticias está en la disposición de esos individuos que las cometen. Pero por otra parte, hay un tipo de injusticia que no es obra de una persona concreta en una ocasión particular, sino que, por el contrario, es perpetrada institucionalmente.

Semejante injusticia tiene varios rostros claramente diferenciados, aunque estrechamente relacionados entre sí. Está la fuente de injusticia con que toda persona o grupo tropieza en el momento en que encuentran por primera vez el sistema capitalista, generalmente, en el momento de entrar en el mercado de trabajo, desde los comienzos del capitalismo hasta ahora.

Esta fuente de injusticia surge de las grandes desigualdades en la apropiación inicial de capital- sea cual sea el punto del tiempo que se considere como punto inicial-, apropiación que, en buena parte, ha sido el resultado de actos de fuerza y de fraude por parte de los que se lo han apropiado. Esta desigualdad en la relación entre los que tienen capital y los que no lo tienen es mucho más que la desigualdad entre ricos y pobres que se da en la mayoría de las sociedades.

En muchos ordenamientos sociales premodernos, precisamente porque los pobres ofrecen productos y servicios que los ricos necesitan, hay todavía alguna relación recíproca entre ricos y pobres, relación gobernada por criterios establecidos por la costumbre. Y en tales sociedades es característico que los pobres tengan, y que se les reconozca su derecho a tener, sus propios recursos: una participación en el producto de la tierra que trabajan, derechos reconocidos por la costumbre sobre las tierras comunes, y otros semejantes. Pero la relación entre capital y trabajo es tal que implica inevitablemente una dependencia totalmente unilateral del trabajo con respecto al capital, excepto cuando los trabajadores se rebelan contra las condiciones de trabajo. Cuanto más efectivo es el empleo del capital, tanto más se convierte el trabajo sólo en un instrumento de los objetivos del capital, y un instrumento cuyo tratamiento está en función de las necesidades de formación de capital y de optimización de beneficios a largo plazo.

Las relaciones que resultan de esto son las relaciones impersonales impuestas por los mercados capitalistas a todos los que participan en ellos. Lo que está necesariamente ausente de esos mercados es cualquier tipo de justicia relacionada con lo que uno merece. Los conceptos de salario justo o de precio justo no tienen, por fuerza, aplicación alguna en las transacciones de esos mercados. El trabajo duro, concienzudo y hecho con destreza, si no genera un beneficio suficiente -algo que el trabajador no tiene la capacidad de determinar-, siempre podrá ser recompensado con el desempleo. Para los trabajadores, se hace imposible entender su trabajo como contribución al bien común de una sociedad que, a nivel económico, ya no tiene ningún bien común, debido a los intereses diferentes y enfrentados entre sí de las diversas clases sociales.

Las necesidades de incremento de capital imponen a los capitalistas y a los que gestionan sus empresas la necesidad de sacar del trabajo de sus empleados un beneficio extra que esté a disposición del capital y no de los trabajadores. Es verdad, por supuesto, que el hecho de que la capacidad de una empresa de generar beneficios a la larga necesite una fuerza laboral estable y, en la medida de lo posible, satisfecha, significa que esa explotación, para ser efectiva con el paso del tiempo, tiene que asumir a veces un rostro relativamente benigno. Y está claro que es mucho, pero mucho, mejor que el capitalismo consiga un nivel de vida creciente para una gran cantidad de personas que el que no lo haga. Pero ninguna tasa de crecimiento del nivel de vida altera por sí misma la injusticia de la explotación. Y lo mismo es verdad de otros dos aspectos de la injusticia.

Unas relaciones de justicia entre individuos y grupos requieren que los términos de su relación sean tales que sea razonable para esos individuos y grupos acordar libremente esos términos. Unas relaciones contractuales impuestas por la fuerza no son genuinamente contractuales. Así, la libertad para aceptar o rechazar unas condiciones particulares de empleo, y la libertad para aceptar o rechazar unas condiciones particulares de intercambio en el libre mercado, son elementos cruciales para que esos mercados sean libres de hecho. Cuando, en las sociedades premodernas, los mercados eran auxiliares de una producción que no estaba destinada primariamente al mercado sino a las necesidades locales, de modo que el mercado ofrecía un instrumento útil de intercambio para el excedente de las necesidades locales, y un instrumento del que se beneficiaban todos los que participaban en él, entonces se satisfacían las condiciones para que se diera esa libertad.

Y en una sociedad de pequeñas unidades productivas, en la que cada uno tiene oportunidad de poseer (y no indirectamente, mediante acciones) los medios de producción -el tipo de economía a la que apuntaban Chesterton y otros distribucionistas-, los mercados libres serían una contrapartida necesaria de la libertad de propiedad y de la libertad de trabajo. (Éste es un tipo de economía que expresa de hecho la concepción de la libertad humana de la encíclica Centesimus Annus, una encíclica cuyo exagerado optimismo en relación con las realidades del capitalismo contemporáneo ha dado lugar, tanto en Europa del Este como en los Estados Unidos, a unos desafortunados malentendidos sobre su doctrina.) Pero en los mercados del capitalismo moderno los precios son impuestos con frecuencia por factores externos a un mercado particular: aquellos, por ejemplo, cuyos medios de subsistencia han quedado sometidos a las fuerzas internacionales del mercado por haberse hecho exclusivamente productores de un producto para el que había, pero ya no hay, demanda internacional, se verán obligados a aceptar unos precios bajos que les son impuestos, o incluso la bancarrota de su economía. Las relaciones de mercado en el capitalismo contemporáneo son en gran medida relaciones impuestas, tanto sobre los trabajadores como sobre los pequeños productores, mucho más que libremente escogidas en ningún sentido real.

En esta descripción de la injusticia característica del capitalismo, he tratado de dejar claro hasta ahora que, cuando los defensores del capitalismo señalan con razón que el capitalismo ha sido capaz de generar una prosperidad material de nivel superior, y para un número de gente mayor que ningún otro sistema económico en la historia humana, lo que dicen es irrelevante como respuesta a estas acusaciones de injusticia. Pero el creciente nivel de prosperidad material en las economías capitalistas está además estrechamente vinculado con otro aspecto de su fracaso en relación con la justicia. No es sólo que los individuos y los grupos no reciben lo que merecen, sucede también que son educados -o, más bien, maleducados- para creer que aquello a lo que deben aspirar y que deben esperar no es lo que merecen, sino cualquier cosa que se les ocurra desear. En la inmensa mayoría de los casos, tienen que considerarse a sí mismos principalmente como consumidores cuyas actividades productivas y prácticas no son más que un instrumento del consumo.

Lo que constituye el triunfo en la vida se reduce a la adquisición exitosa de bienes de consumo, y de este modo se sanciona todavía más esa ansiedad por adquirir cosas que con tanta frecuencia es un rasgo característico necesario para el éxito en la acumulación del capital. No es sorprendente que la pleonexia, la ansiedad por tener más y más, llegue a ser tratada como una virtud central. Y sin embargo, los teólogos cristianos de la Edad Media habían aprendido de Aristóteles que la pleonexia es el vicio que se contrapone a la virtud de la justicia. Así pues, no es simplemente la tendencia general al pecado de los hombres la que genera los actos individuales concretos de injusticia, además de la injusticia institucional del capitalismo mismo. Es que el capitalismo ofrece también incentivos permanentes para desarrollar un tipo de disposición propensa a la injusticia.

Finalmente, es bueno observar que, aunque las acusaciones cristianas al capitalismo han centrado su atención justamente en los daños ocasionados a los pobres y a los explotados, el cristianismo tiene que valorar cualquier orden social y económico que considere que el ser rico o el hacerse rico es algo sumamente deseable, como algo que hace daño a quienes, además de tener que aceptar sus metas, consiguen alcanzarlas. Las riquezas son, desde el punto de vista bíblico, una aflicción, un obstáculo casi insuperable para alcanzar el reino de los cielos. El capitalismo es tan malo para los que triunfan según sus criterios como para los que no triunfan según esos mismos criterios, algo que muchos predicadores y teólogos se han olvidado de reconocer. Y los cristianos que lo han reconocido han tenido con frecuencia dificultades con las autoridades eclesiásticas, además de con las autoridades económicas y políticas…

 

Extracto introducción del libro Marxismo y cristianismo de Alasdair MacIntyre