La fraternidad está dañada y rota

Podemos leer toda la situación del mundo actual en clave de familia. No hacemos ninguna cosa rara, es una clave perfectamente válida para el cristiano. El Plan de Dios para el mundo es la fraternidad universal, así lo proclamamos con el Padre Nuestro. Vamos a imaginar que los hombres somos una familia. ¿Qué está pasando en esta familia?

La Creación, que es el patrimonio que nos regala el Padre como herencia a la Familia Humana, ha sido usurpada, apropiada, privatizada por unos pocos. Es por eso por lo que falta el pan en muchas casas: el pan, que es alimento material; el pan, que es también seguridad y vivienda. Falta el pan de la verdad, porque muchos hermanos están condenados a la ignorancia, a la falta de una profesión y un empleo. Falta el pan del amor, porque muchos hermanos no saben qué es ser queridos por sus padres. No solo han sido ‹‹desapropiados›› los bienes materiales, también los espirituales y los religiosos. Hay una auténtica guerra, dirá san Juan Pablo II, de los poderosos contra los débiles, de los enriquecidos contra los empobrecidos. No creo que haga falta dar cifras.

Los hombres y las mujeres también están en guerra los unos contra los otros. La sexualidad, lo que está hecho para dejar clara nuestra vocación a la comunión, lo que está hecho para completarnos y no para subordinar, también está dañada. Y dónde tenía que haber unión, complementación, hay disputas y conflictos. El número de personas que no se comprometen con nadie (los singles); el número de separaciones, divorcios y hasta repudios; el maltrato, la explotación y la esclavitud sexual nos hablan de una guerra también consentida, para convertirnos en ‹‹individuos›› solitarios, autónomos y tristes.

Otro síntoma importantísimo: la esterilidad de lo que nos venden como amor. Se supone que el amor es fecundo y que la expresión más fuerte de esa fecundidad es dar vida, son los hijos. Pero si nos fijamos en las tasas de fecundidad en los países más enriquecidos, veremos que estamos en un declive demográfico, también en un control demográfico. Estamos, dirá el papa Francisco, en una cultura del descarte. La vieja Europa no quiere hijos. Estamos aceptando con normalidad que haya ‹‹matrimonios›› estériles por su propia naturaleza. O que los hijos no sean un don sino un capricho. Así, si estorban o distorsionan nuestro plan, lo ‹‹progresista›› es acudir al aborto o a las esterilizaciones. Pero si, pasada la edad de la fecundidad natural y habiendo llegado al techo del éxito profesional en la mujer, se ‹‹desean››, tampoco hay problema en ‹‹alquilar›› a las mujeres pobres para que hagan de ‹‹vientres››.

Añadamos la tragedia de las familias a las que les están asesinando a sus hijos. Es el fenómeno de la violencia de las periferias que se vive en muchas ciudades del mundo. Las cifras de muertos por asesinato en esas periferias son mayores que las de muertos en las guerras. La impunidad de los asesinos, que es la complicidad de los aparatos mafiosos de muchos Estados, viene a rematar la tragedia.

Uno de los dramas más grandes que explican la violencia de muchos lugares es el drama de la orfandad. Millones de niños se han quedado sin padres. A veces sin padre ni madre, sin familia. Muchos son padres asesinados en la guerra, o padres migrantes, exiliados de la miseria, que a veces vuelven y a veces no, y abandonan a las madres y a sus hijos. Otras veces son los padres ausentes, que están, pero como si no estuvieran. Pensemos en ese fenómeno de las bandas callejeras que no vemos solo en las películas porque las tenemos entre nosotros. Tiene mucho que ver con el abandono que han vivido estos hijos en la familia.

Está el drama de los hijos ‹‹vendidos›› por los padres, porque esperan de estas ‹‹ofertas›› una mejor vida para sus hijos: son los niños esclavos. Luego está el drama contrario, más propio de los países enriquecidos: hablamos de los hijos sobreprotegidos, de los hijos del capricho que se acaban volviendo caprichosos. Es una forma no menos deplorable de esclavitud. El capricho también mata a los hijos. Ya hay un porcentaje muy grande de niños convertidos en hijos tiranos, en hijos dictadores, maltratadores de sus padres. Y ya hay muchísimas denuncias de este tipo (muy por debajo de los casos realmente existentes).

Se está produciendo –y se está promoviendo– una ruptura entre las generaciones, entre la generación de los padres –y los abuelos– y la de los hijos. Es también un drama. Cuando las personas no tenemos raíces fuertes, nos encontramos desarraigados existencialmente, y nos situamos a merced de las modas, de las manipulaciones, del poder de los fuertes.

Tenemos otro daño, otra ruptura en nuestra familia humana que también nos ha recordado mucho el papa Francisco: el de los abuelos, el de las personas mayores. Ellos representan otra realidad de este mundo salvaje, que no es el que Dios quiere: la realidad del abandono, de la soledad, del desprecio de lo que no es útil o productivo, del desprecio de lo que tiene ‹‹algún defecto››, o está ‹‹enfermo››. Es el desprecio que tiene esta sociedad hacia lo débil, hacia los ‹‹descartables››. Es el drama de los excluidos, los marginados, los desposeídos de dignidad.

Sin embargo, la familia cristiana está pensada en el corazón de Cristo, de la Iglesia, como piedra angular, como célula viva, como testimonio anticipado de ese plan que Dios tiene para toda la familia humana: la fraternidad. Una familia no se puede llamar cristiana si se desentiende de este plan de Dios para todas las familias, para toda la humanidad.

Esta familia rota que hemos dibujado ya nos señala los grandes retos, la gran misión de la familia cristiana. Por una parte, la Justicia, el pan compartido: que la herencia del Padre llegue a todas las familias; el reparto de la Tierra; el trabajo digno para todos, para que todos puedan ganarse el pan; la vivienda para todos, es decir, que todas las personas tengan la seguridad necesaria para poder desarrollarse. Por otra parte, la Cultura de la Vida: la defensa de la vida humana, que es la defensa de la dignidad sagrada de la persona, desde su concepción hasta su muerte; la defensa de los débiles; la lucha contra aquello que asesina la vida humana; el ‹‹no matarás››. Pero también la Cultura de la Solidaridad-Comunión: la defensa de la familia como auténtica escuela donde aprendemos a amar, a entregarnos y a aceptar a los demás; la defensa de una educación al servicio de las familias, de una cultura solidaria y no de los intereses del Mercado o del Estado; la defensa del protagonismo de la sociedad, de su asociacionismo y organización.

Laicos consagrados en el Matrimonio

La Iglesia tiene una reflexión sobre el sacramento del matrimonio que muy pocos fieles laicos casados conocen. También podríamos decir que muy pocos sacerdotes interpretan correctamente. El matrimonio no es ni mucho menos para los cristianos de segunda categoría, los que no tienen el valor de consagrarse como célibes (como sacerdotes o como religiosos o incluso como célibes laicos consagrados).

El matrimonio es vocación.

Nuestra vocación primera y esencial es el amor. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza. Llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.

Adquirimos nuestro primer compromiso con el Amor de Dios, de fidelidad al amor de Dios, en el bautismo. En el bautismo nos incorporamos al espacio de Amor, de Gracia, que el Señor nos ha reservado para poder vivir de cara al amor, mirando su amor, experimentando su amor, para poder ser fieles a Él.

La Iglesia nos dice que hay dos modos, dos estados específicos para vivir la fidelidad a ese amor, para ser fieles a nuestros compromisos bautismales: la virginidad y el matrimonio, no hay más. Y los dos nos permiten vivir plenamente esta fidelidad. Debemos descubrir, escuchar cómo nos llama Dios a vivir esta vocación primera, a cada uno de nosotros. El matrimonio no es, por lo tanto, una mera elección, es un discernimiento, es un descubrimiento, es una llamada que escuchamos en diálogo con nuestra personalidad, con nuestra historia, con las circunstancias concretas en las que vivimos nuestra vida, con la Palabra de Dios en el Evangelio, en oración, en escucha del grito de los pobres hoy.

Y a esa llamada del Señor cada uno le responde. Y si la respuesta es: en el matrimonio voy a serte fiel, voy a ser fiel al amor que me das, y desde el matrimonio yo te voy a manifestar el amor que te tengo, entonces me consagro en él. Los ‹‹religiosos›› cuando se consagran, hacen tres votos. Los que nos casamos hacemos también tres votos, los mismos que ellos, pero los vivimos de otra manera.

Hacemos el voto de pobreza, que en el matrimonio consiste en compartir todos nuestros bienes con la otra persona, con mi marido o con mi mujer. Es el voto de comunión de bienes: todos los bienes están a disposición del Amor, de Cristo. Y eso quiere decir que los bienes no nos pueden separar de Cristo. No pueden ser ídolos, porque están para poder amar más, no para estar más encerrados en nosotros mismos, en nuestra casa, en nuestra comodidad, en nuestro capricho, en nuestro descanso, en nuestro egoísmo. Compartir los bienes es ponerlos a disposición del amor. Comparto las cosas, el dinero, pero también los afectos, los pensamientos, mis capacidades y mis valores y comparto todo mi cuerpo, mi sexualidad. Entrega total desinteresada. Y cuando los bienes nos alejan del amor a la otra persona, del amor a Cristo y del amor a los pobres del Señor, nos alejan del matrimonio cristiano.

Hacemos voto de obediencia, que en el matrimonio es el voto de comunión de vida, es el voto de humildad. Con este voto aceptamos al otro (hombre-mujer) como al mismo Cristo, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Enteramente le aceptamos, le acogemos. Y a través del otro, de los otros cuando vienen los hijos, nos vamos enterando de qué quiere Dios de nosotros, de cuál es Su voluntad. Porque en el matrimonio queremos vivir en obediencia al Amor, a la voluntad amorosa del Padre.

Y hacemos también voto de castidad, que es el voto de la fidelidad, el voto del sacrificio. No hay fidelidad sin sacrificio, sin renuncia a mis egoísmos, a mis planes, a mis proyectos, a mi salud, a mi tiempo, a mis caprichos, a mis instintos de dominación…

El matrimonio es sacramento

¿Por qué la Iglesia considera que el matrimonio es sacramento? ¿Cuándo es sacramento? Pues muy sencillo, es sacramento cuando no se casan dos sino tres. Porque aceptamos que solos, nosotros dos, el hombre y la mujer, no podemos llevar a cabo la plenitud de este Amor. A veces saboreamos, entrevemos, intuimos, experimentamos que ese amor es lo más verdadero y auténtico que tenemos. Pero al tiempo también sabemos que está lleno de conflictos, de traiciones, de ofensas, de debilidades, de maltrato.

Los dos solos no podemos vivir el voto de pobreza, que me pide compartir hasta lo necesario para vivir, compartir y ser capaz de que los bienes no me posean a mí. Solos no podemos vivir el voto de obediencia, que me pide aceptar en cada momento no lo que yo quiero, sino lo que quiere el Señor de mi a través de mi esposa y de mis hijos. Solos no podemos aceptar que ahora se vayan a la basura mis expectativas, el plan que me había hecho, porque hay otras voluntades con las que he decidido vivir mi vida. Y menuda tengo organizada como no empiece a asimilar que son voluntad del Señor. Solos no podemos vivir el voto de castidad, de fidelidad, de renuncia, de sacrificio de mi capricho, de mi egoísmo, de mi afán de poseer a mi mujer o de poseer a mi marido y de chantajearnos y de utilizar a mis hijos.

Entonces, para que podamos ser signos, símbolos, testigos de cómo ama Dios al mundo (del Amor de entrega total de Dios, que no se reservó ni a su propio Hijo); para que podamos ser signos, símbolos, testigos de cómo ama Jesucristo a su esposa, la Iglesia, dando su vida hasta la Cruz…para todo ello nos regala el Señor su Gracia, nos regala su amor concreto: a través del amor de mi mujer o de mi esposo; a través del amor de mis hijos; a través del amor de todos mis parientes de sangre. Pero también ofreciéndonos los otros sacramentos de la Iglesia: a través de la Eucaristía, de su alimento para ese amor; a través del perdón, ofreciéndonos el sacramento de la reconciliación. ¡Cuántas cosas nos tenemos que perdonar todos los días para conservar la limpieza de nuestro amor!

Y de esta manera nos convierte en instrumentos que construyen su Reino de Justicia, que construyen solidaridad, familia, comunión en el mundo. Así que somos sacramento solo cuando metemos a Cristo (su Iglesia, los pobres) en nuestro matrimonio. Y no lo somos cuando expulsamos de nuestro matrimonio a Cristo.

El sacramento del matrimonio tiene esa triple dimensión: es signo, símbolo, testimonio del Amor de Dios a su Pueblo, del Amor de Cristo. ¡El matrimonio cristiano debería expresar a todo el mundo cómo nos ama Dios! Es fuente de Gracia, para lo cual tenemos que cultivar en el matrimonio nuestra cercanía, nuestra amistad, nuestro trato cotidiano con el Señor: que el Señor está presente, que se encuentre con nosotros. Es instrumento, al servicio del Reino. El matrimonio no está pensado para nosotros mismos, para ser un oasis de paz, o un refugio, o una evasión (aunque todo esto lo puede ser), sino como instrumento para el único fin de todo cristiano: que venga Su Reino, su Reino de Justicia. Que se cumpla su Plan.

La misión del matrimonio y de la familia cristiana

En la Familiaris Consortio, la gran encíclica sobre la Familia, lo pone muy clarito: la familia, constituida sobre la unión íntima, indisoluble, de vida y amor de un hombre y una mujer, tiene cuatro cometidos completamente relacionados entre sí, que no admiten distinción. ‹‹Traducidos›› con mis palabras, estos cometidos son: ser escuela de comunión, de solidaridad, para constituir una comunidad de personas; al servicio de la vida; al servicio de la sociedad y al servicio de la Iglesia.

Si nuestra vida de familia nos impide de hecho ser constructores de una sociedad más fraterna y justa o ser evangelizadores, es porque estamos viviendo un matrimonio que no es cristiano. Porque lo de cristiano no quiere decir que se vaya a misa juntos, o que seamos muy buenos y cariñosos los unos con los otros, que también. Quiere decir otra cosa más importante: que el matrimonio nos está ayudando, impulsando, tensionando, para cumplir con nuestra misión en la sociedad (que es construir la humanidad como familia) y para cumplir con nuestra misión como laicos en la Iglesia (que es consagrar este mundo a Dios, para que este mundo cante la Gloria de Dios, se transforme de salvaje en humano y de humano en divino).

Ser escuela de solidaridad, de comunión, para constituir una comunidad de personas

El matrimonio es el núcleo de la familia: primero, de la familia de sangre; después, de la familia social, de toda la familia humana. Es la primera gran escuela, la escuela más importante, donde aprendemos a ser comunidad. Es una Escuela de Amor y es fuente de Amor-Solidaridad.

¿Qué aprendemos en la familia, en su vida cotidiana? En primer lugar, aprendemos a compartir, a compartirlo todo: nuestros bienes materiales, nuestros sentimientos, nuestros conocimientos, nuestros talentos. Y aprendemos, cuando estamos compartiendo, algo fundamental: ¡Hay que ver lo que nos cuesta darnos, la cantidad de reservas que hacemos, lo fácil que es apropiarnos de todo, hasta del cariño de mi esposa o de mi esposo, del cariño de mis hijos! Aprendiendo a compartir ‹‹lo bueno››, nos damos cuenta de que no podemos dejar de compartir ‹‹lo malo››. El amor nos lo pide todo, también nuestros errores, nuestras debilidades. En la familia no podemos ocultar esto, es el único sitio donde no podemos engañar a nadie. Todos saben de nuestras manías, de nuestros enfados sin sentido, de nuestros egoísmos, y hay que aprender a ser comunidad con ellos. También tenemos que aprender a pedir perdón

Por eso, el segundo gran aprendizaje que hacemos es el de recibir y aceptar: el aprendizaje del agradecimiento, el aprendizaje de la humildad. El aprendizaje del reconocimiento y la aceptación del otro tal y como es y no como nos lo imaginamos. Aprendemos a perdonar. Y aprendemos a ser agradecidos con tantas y tantas cosas que recibimos todos los días sin merecernos. Porque las relaciones entre los miembros de una familia deberían estar guiadas por una sola ley: la ley de la gratuidad. Según esta ley aprendemos la dignidad de la que todos y cada uno estamos dotados, con independencia de lo que el mundo valora.

Y el tercer aprendizaje que hace posible la comunidad es la renuncia y el sacrificio. La virtud del sacrificio. No se puede hacer nada, absolutamente nada en común, si no estamos dispuestos a renunciar a nosotros mismos, a nuestros egoísmos; si no estamos dispuestos a renunciar a ‹‹mis derechos››. ¡Qué poco y qué mal se entiende esto! La madre que ama a su hijo en el lecho de la enfermedad no pide derecho a descansar, ni pide derecho a dormir. Deja de dormir y deja de comer porque ama. El amor me pide muchas veces sacrificar mis derechos porque me hace responsable de mis deberes. ¿Se puede hacer esto sin el Amor de Dios?

Al servicio de la vida

Esta comunidad de personas no vive para sí misma, no tiene su razón de ser en sí misma. El matrimonio no es una cooperativa de egoísmos. Es una comunidad de Amor, y solo en la medida en que aprendamos a darnos, como se dio Jesús por nosotros, hasta la muerte, se hace fecunda. El amor es fecundo, el egoísmo es siempre estéril. Y el maravilloso fruto del Amor sacramentado en el matrimonio es la vida. El Señor nos ha hecho cocreadores de su obra, nada menos.

La Iglesia nos enseña, si no lo hemos aprendido ya, qué significa dar vida. Este dar vida tiene dos grandes momentos: la procreación y la educación.

Decimos procrear, y no reproducirnos. Se reproducen todos los seres vivos cuando en el uso de sus funciones reproductivas traen a la vida un ser de su misma especie. Pero el hombre no es ni un vegetal ni un animal. No traemos a la vida un ‹‹material biológico››, no somos solo un ‹‹conjunto de células organizadas››. Somos, estamos llamados a ser, seres humanos, mejor dicho, personas. Las personas nacemos del Amor, somos Don, somos Hijos del Amor de Dios. Y la vida que estamos llamados a transmitir en el matrimonio es vida de Dios, es Don de Dios, es Creación de Dios. Por eso importa, y mucho, eso que llamamos las relaciones sexuales y por eso no pueden ser como las de los animales. La Iglesia nos invita a no separar el amor de la reproducción. Y a no separar el Amor de la responsabilidad, que es algo propio solo de los seres humanos.

Y en ese mismo sentido, la labor de transmitir la vida no acaba en el parto. Estamos llamados a que este nuevo ser humano, del que somos cocreadores, se convierta en Hijo de Dios, descubra en él todas las maravillas que Dios ha puesto en su naturaleza y en su vida y las pueda desarrollar; que descubra su originalidad, que descubra por qué y para qué está en este mundo. Eso es a lo que llamamos educación. No es sólo llevar a los hijos a buenos colegios y que tengan de todo; es ayudarles a descubrir su vocación, el maravilloso plan que el papá Dios tiene para ellos. El hijo recibe entonces no solo su ser biológico humano, sino su ser moral, su ser hijo de Dios. Y esto es responsabilidad primera, no exclusiva, pero si primera, de la familia.

Al servicio de la sociedad

La familia se constituye así en la célula básica de la sociedad, en la piedra angular, la más importante, de todo el edificio social. Es escuela de solidaridad, es escuela de sociedad. Y ello implica también otras responsabilidades de las que no queremos saber mucho: nuestra responsabilidad política. Si, las familias tenemos una responsabilidad política.

La Iglesia también lo dice muy claro: ni la familia se puede desentender de la sociedad, porque o hace sociedad o la deshace, ni la sociedad se puede desentender de la familia. Las familias tenemos que asumir, en el plano del territorio, Estado y ciudad, y en el plano internacional (el mundo entero), cómo vamos a contribuir a que nuestra sociedad y nuestro mundo sean familia, sean fraternidad. ¿Qué vamos a aportar para que esta familia rota y dañada de la que hablábamos al principio se recomponga, sea la Familia, la Fraternidad, que el Señor quiso que fuera? El mundo necesita familia. El mundo necesita ser familia. Y si nuestra familia se desentiende de esto, nuestros hijos, los de sangre, van a pagar muy caro nuestra indiferencia hacia nuestra responsabilidad.

Volviendo al principio, para concluir, los grandes retos ‹‹políticos›› de la familia cristiana son: la Justicia, el pan compartido; la Cultura de la Vida, la defensa de la vida humana y la Cultura de la Solidaridad-Comunión.

Al servicio de la Iglesia

La familia fundamentada en el matrimonio cristiano es Iglesia, enteramente Iglesia (Iglesia doméstica se llama), con sus mismas características: la Iglesia es una (unidad: comunión íntima e indisoluble de vida y amor);  santa (la santidad la pone Cristo; no nos casamos dos, sino tres, no lo olvidemos); católica (integral, universal: la Iglesia no pone fronteras ni banderas, está al servicio de todos, no solo de los miembros de ‹‹mi›› familia) y apostólica (es decir, evangelizadora). Tiene el deber –no solo la posibilidad, sino el deber–, de evangelizar, de transmitir, de vivir, de testimoniar, de meter en la cultura de los pueblos el mensaje de Cristo. Además, la Iglesia es perseguida: ‹‹Como a mí me han perseguido…››. Así que, si no estamos perseguidos, será que somos ‹‹poco Iglesia››. Si hacemos demasiado juego con el mundo, será que somos demasiado mediocres como Iglesia.

Pero nuestro servicio a la Iglesia tiene una misión específica, como laicos, como  matrimonio. No es lo mismo rezar como laicos, cuando tenemos una profesión y una jornada laboral, muchas veces precaria, o estamos desempleados; cuando tenemos que atender a los hijos; cuando tenemos que llevar adelante las tareas de casa; cuando nos hemos asociado con otras familias… no es lo mismo que rezar como monjes. Tampoco es lo mismo evangelizar como esposo o esposa, como padre o madre, como profesional o trabajador contratado o como desempleado, como miembro de una asociación de laicos, que hacerlo como sacerdote o como religioso. Muchos sacerdotes quieren que nos comportemos como ‹‹monaguillos››, como ‹‹clero›› de segunda categoría, como ‹‹órdenes terceras››; que estemos pegaditos a la parroquia o a una orden religiosa, pero con el inconveniente de que estamos ‹‹ocupados›› en otras cosas y por lo tanto que no se nos puede pedir el mismo compromiso que a los ‹‹verdaderos consagrados››. Error y gordo. La Iglesia quiere que evangelicemos como laicos. Por eso, el ejercicio de nuestra caridad es esencialmente política. Se hace desde el campo de la defensa de la vida, desde el campo de la educación, desde el campo de nuestra profesión, desde el campo de la cultura, desde el campo de la organización política. Y si los laicos no estamos evangelizando en esos campos, ¿quién lo va a estar haciendo? Somos Iglesia, pero nuestro sacerdocio es laical. En medio del mundo, sin salirnos del mundo, para que el mundo también cante la Gloria de Dios.

Autor: Manuel Araus
Fuente: Revista Id y Evangelizad n 125  https://solidaridad.net/id-y-evangelizad

 

Suscripción al boletín semanal