“La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (Francisco  EG 205)

 

Vamos a abordar tres aspectos: El hombre como ser social, en segundo lugar la pertenencia al pueblo y por último, en forma un poco más amplia, qué es la vocación política y algunas cualidades que hoy son necesarias de modo particular en los hombres y mujeres que ofrecen su vida al servicio del bien común.

Autor: Mons. Jorge E. Lozano

Fuente: Libro “Clamor de los pobres, gemido de la tierra” (2021)

El hombre como ser social

Muchas veces nos preguntamos quién soy yo, quiénes somos nosotros. Hay interrogantes que son fundamentales en el corazón humano acerca del origen de la vida, de la existencia. El sentido del sufrimiento, las búsquedas de la felicidad…

El modo en que respondamos a estas preguntas dará también una característica especial al modo en que nos vinculemos con los que llamamos “los demás”, con las cosas y con Dios.

En el lenguaje cotidiano solemos hablar de nosotros, y los demás.

Cuando decimos nosotros, ¿a quiénes nos referimos? ¿A mi núcleo familiar, a mi familia en un sentido más amplio, al barrio, a la ciudad, a la nación toda, al mundo?

A veces tenemos una mirada que nos lleva a percibir como más cercanos solamente a algunos y, ¿los demás? “Los demás” suele abarcar a aquellos con los que sentimos que no tenemos un compromiso, o un vínculo que nos ate.

Desde la tradición judeo-cristiana reconocemos que la vida es un regalo de Dios, es un don suyo, un don de su amor. Ninguno de nosotros, ni de los otros, vive por casualidad como una especie de fruto del azar o menos aún como un castigo del destino, o el resultado de una pelea mitológica de algunos dioses en la antigüedad. Nos reconocemos salidos de las manos amorosas de Dios y como parte de su proyecto de amor, fuimos creados a su imagen y semejanza y llamados a ser una sola familia humana (Cfr LS 65). Y esto que afirmamos desde nuestra tradición religiosa también está expresado en otras religiones como las de nuestros pueblos originarios.

A su vez esta certeza es expresada en algunos documentos o declaraciones muy importantes para la vida social. Fijémonos por ejemplo en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en su Preámbulo dice que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. De esta manera se deja constancia acerca de la certeza de ser todos parte de una misma familia humana. Y en su Artículo primero va a decir que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. No solo entonces desde nuestra tradición religiosa sino también en esta importante Declaración se afirma que cada uno es parte de una misma familia humana.

Así mismo, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dice que “solo en relación con la Trascendencia y con los demás la persona humana, alcanza su plena y completa realización. Esto significa que por ser una criatura naturalmente social y política ‘la vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental’, sino una dimensión esencial e ineludible” (CDS1 384). No tenemos entonces una mirada trágica acerca de la comunidad humana, sino que descubrimos en ella nuestra vocación y misión

“Es   hora de relanzar una nueva visión de un humanismo fraterno y solidario de las personas y de los pueblos. Sabemos que la fe y el amor necesarios para esta alianza toman su impulso del misterio de la redención de la historia en Jesucristo, escondido en Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,7-10; 3,9-11; Col 1,13-14). Y sabemos también que la conciencia y los afectos de la criatura humana no son de ninguna manera impermeables ni insensibles a la fe y a las obras de esta fraternidad universal, plantada por el Evangelio del Reino de Dios. Tenemos que volver a ponerla en primer plano”.

“Porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común que hay que buscar y cultivar juntos. Una cosa es resignarse a concebir la vida como una lucha contra antagonismos interminables, y otra cosa muy distinta es reconocer la familia humana como signo de la vitalidad de Dios Padre y promesa de un destino común para la redención de todo el amor que, ya desde ahora, la mantiene viva” (Carta del papa Francisco al presidente de la Pontificia Academia para la Vida con ocasión de su 25 aniversario, enero 2019).

La pertenencia a un pueblo

Demos ahora un paso más en la reflexión que venimos siguiendo. No solo nos reconocemos con una condición humana natural hacia la vida social, sino que esto lo percibimos también como fundamento de la vida política. En un Documento de la Conferencia Episcopal Argentina del año 2008, decíamos que era muy importante “alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables. El habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes” (Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad 2010-2016, n° 34). Y ¿qué se quiere decir con esto? El habitante es aquel que está en un lugar, pero no se siente comprometido ni con ese sitio ni con su historia; como una especie de inquilino transitorio. Podríamos decir que es quien reclama sus derechos y hasta ahí llega su compromiso.

Cuando decimos que es necesario pasar a ser ciudadano, nos referimos a que quien se reconoce como tal no solo reclama por sus derechos, sino que también se compromete con las obligaciones que le corresponden por ser parte de la vida social. Y todavía podemos avanzar un poco más, que es el de pasar de ser ciudadanos a tener conciencia de ser miembros de un pueblo. El papa Francisco en su Exhortación Apostólica acerca de La alegría del Evangelio lo dice de este modo: “en cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo, no como masa arrastrada por las fuerzas dominantes” (EG 220).

Y en el mismo párrafo un poco más adelante escribe: “recordemos que el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral. Pero convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía” (EG 220). Convertirse en pueblo es todavía más que ser ciudadano, es formar parte de un grupo humano al cual se siente unido junto con otros. Y en esta pertenencia hay una mística, una dimensión espiritual. Por supuesto que es legítimo pertenecer a un sector, ser miembros de un sindicato, de una cámara empresaria, de un partido político, de una comunidad educativa. Pero los intereses del pueblo siempre están por encima de los del sector.

Francisco insiste en esta mirada cuando nos dice que todo es superior a la parte” (EG 234 ss). Descarta la imagen de la esfera, para decir que “el modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad” (EG 236).

Por eso la pregunta que debemos hacemos es ¿cómo imaginamos la sociedad? Como una sumatoria de organizaciones, como un conjunto de clanes o familias ampliadas que se integran sin más remedio y poca convicción, o como un pueblo que camina en pos de un mismo destino. Convertirse en pueblo es todavía más nos decía Francisco.

En estos primeros dos puntos quisimos compartir esta mirada acerca del hombre como ser social, y en segundo lugar, la pertenencia a un pueblo. Y veamos ahora cómo en este contexto entendemos el llamado a la actividad política. En realidad deberíamos decir toda vocación humana porque la pertenencia a un pueblo no se manifiesta solamente en el ámbito político, sino también en la vocación docente, la religiosa, la de ser papá o mamá.

La vocación política

La vocación política es muy necesaria y de gran aprecio en la Doctrina Social de la Iglesia. En el texto que citábamos recién, el papa Francisco nos habla respecto de su necesidad: “¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo!” (EG 205). El Santo Padre está preocupado para que haya de verdad más gente que comprometa su vida en este orden de servir a los demás para sanar las raíces profundas de los problemas y no las apariencias. Una de las dificultades que tenemos que sortear es justamente esta capacidad de reconocer con veracidad cuáles son los males sociales, cuáles sus raíces, y a partir de allí entonces trabajar para que la política no venga a poner una especie de maquillaje a la realidad, sino, de verdad, solucionar las situaciones y sanarlas desde las raíces. Y continúa el texto: “La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (EG 205). Esta búsqueda del bien común es lo que distingue a la acción política mirada desde una perspectiva cristiana. El descrédito o falta de confianza en la dirigencia está vinculado a escándalos suscitados por hechos de corrupción, o a sospechas de conductas poco ejemplares. Además, suele haber poco conocimiento de la gente respecto de lo que implica, para quienes se comprometen en el camino político, desarrollar una intensa agenda de trabajo. “Para hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial, capaz de realizar la fraternidad a partir de pueblos y naciones que vivan la amistad social, hace falta la mejor política puesta al servicio del verdadero bien común. En cambio, desgraciadamente, la política hoy con frecuencia suele asumir formas que dificultan la marcha hacia un mundo distinto” (FT 154).

Hace falta levantar la mirada. “La política no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia y así se evita que las así llamadas ‘clases dirigentes’ crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo. El famoso adagio liberal exagerado, todo por el pueblo, pero nada con el pueblo. Hacer política no puede reducirse a técnicas y recursos humanos y capacidad de diálogo y persuasión; esto no sirve solo. El político está en medio de su pueblo y colabora con este medio u otros a que el pueblo que es soberano sea el protagonista de su historia” papa Francisco a la Pontificia Comisión para América Latina, 4-03-2019.

Perfil y estilo de la actividad política

Compartamos siete puntos que son muy importantes tener en cuenta acerca del perfil del hombre o la mujer que se dedican a la política, y las cualidades que necesita la sociedad.

La primera característica es que sean hombres y mujeres que posean la mística del peregrino. Recordemos aquel poema de Don Atahualpa Yupanqui: “Es mi destino piedra y camino, de un sueño lejano y bello soy peregrino”. La mística del peregrino es la de aquel que reconoce que nunca está conforme con los logros, que siempre busca algo más porque se sabe en camino. Quien tiene esta mística nunca hace (como decimos) la plancha, nunca pone piloto automático. Es aquel hombre o mujer que siempre está en búsqueda para crecer. Quien peregrina tiene rumbo. No anda errante y cambiando a cada rato su orientación. Otra canción, esta vez de Joan Manuel Serrat, nos habla de la firmeza en las convicciones: “puse rumbo al horizonte, y por nada me detuve”.

La segunda necesidad es poseer una fuerte espiritualidad que sostenga en la esperanza y en el compromiso. La vocación política tiene momentos de desaliento, de desánimo, momentos en que aquellos que parecían compañeros de camino que nunca nos iban a abandonar terminan dejándonos. Momentos en los cuales se presenta la sombra de la decepción ante la realidad que no cambia en aquellas cosas en que con generosidad o gran esfuerzo han trabajado. En esas circunstancias hace falta una espiritualidad que anime en la esperanza que brota de la Pascua de Cristo, que hunde sus raíces en la muerte y la resurrección del Señor. San Pablo nos enseña que “la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5). Es lo que nos sostiene para abrigar en nuestro corazón el deseo de un mundo nuevo aun en medio de las dificultades. Espiritualidad que implica oración, confianza en Dios. ¿Cuánto hace que no rezás? ¿Por qué no le contás a Jesús en qué anda tu vida?

El tercer elemento importante es el lugar que ocupan la comunidad, los amigos y la familia. Contar con el apoyo de la familia, amigos y colaboradores es imprescindible en la tarea de quien se dedica a la política. No se deben descuidar ni debilitar los afectos y apoyos que fortalecen de modo particular. Pero el entorno familiar, de amistad o con los colaboradores no cierra el círculo. Es parte esencial de la política y deber fundamental de quien se dedique a ella, alentar la participación y la responsabilidad ciudadana, despertando las potencialidades de la comunidad en todos los niveles. La buena política no es “hacer por” (eso es más bien paternalismo y populismo); la buena política es “hacer con” y generar condiciones para que las propias personas y comunidades “sean y hagan”.

En cuarto lugar necesitamos políticos con “entrañas de misericordia” y cercanos al pueblo, capaces de palpar las necesidades concretas. Como dice el papa Francisco, “¡ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!” (EG 205). La política entendida en esta perspectiva no se realiza desde un escritorio o en una mesa más amplia de acuerdos. La política necesita políticos que se dediquen a recorrer los barrios, a estar cerca de la gente, a estar cuerpo a cuerpo. Como escuché en alguna conferencia hace un tiempo, unir el escritorio y el territorio, para que de esa manera se pueda escuchar el clamor de los pobres por una vivienda digna, el clamor de los pobres por un trabajo digno, el clamor de los pobres por aquellas cosas que son imprescindibles en su vida cotidiana. El Papa lo sintetiza con las tres T: Tierra, Techo y Trabajo.

El quinto punto, tiene que ver con la ética y la política. En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se dice que “los que tienen responsabilidades políticas no deben olvidar o subestimar la dimensión moral de la representación que consiste en el compromiso de compartir el destino del pueblo y en buscar solución a los problemas sociales”. (CDSI 410). Se nos pide entonces compartir la suerte del pueblo, estar atentos a sus necesidades. En concreto quiere decir que a la clase dirigente no le puede ir mejor que a los dirigidos, ni en cuanto al aumento de asignaciones, ni en cuanto a estilos de vida. Es necesario saber vivir de modo austero y sencillo, sin ostentaciones que ofenden. Otro de los aspectos relacionados con la ética y la política es lo referido a la corrupción. Es necesario de cara a la sociedad, una estructura del Estado que sea transparente en sus cuentas. La corrupción es una doble estafa que se realiza, en una dimensión económica y otra moral. Es económica porque se roba dineros del pueblo que van a bolsillos de inescrupulosos, en lugar de estar sosteniendo la educación, la salud, mejores caminos, fuentes de agua para la población. De este modo se terminan enriqueciendo unos pocos que no tienen corazón sensible. Pero además es a la vez una estafa moral, porque la corrupción deteriora la confianza del pueblo en las Instituciones de la democracia, particularmente en la vida política. La corrupción es tan negativa que Francisco la ha llamado “cáncer social” (EG 60).

El sexto punto o característica de los políticos de hoy está relacionado en gran medida con la corrupción, y es la firmeza imprescindible para erradicar las mafias del crimen organizado. Es lamentable cómo en casi todo el territorio de nuestro país el crimen organizado lleva adelante muchísimas actividades vinculadas con el tráfico de drogas y su comercialización avasalladora, la trata de personas (muchos niños, niñas y adolescentes) para la explotación laboral y sexual, el tráfico de armas que terminan en manos de delincuentes. Algunas bandas regulan el así llamado negocio de los desarmaderos de autos. No son solo negociados ilegales. Estas actividades criminales se están llevando la vida de nuestros jóvenes, adolescentes y niños. Estas mafias operan muchas veces apretando, amenazando, o sobornando las diversas estructuras del estado. Fuerzas de seguridad, funcionarios de gobierno, miembros de la Justicia. Es sorprendente el modo en que ha permeado y se ha expandido este flagelo.

Por último, hace falta tener capacidad para escuchar el clamor de la tierra; hombres y mujeres que tengan un cuidado particular por el ambiente. Este mundo inmenso y maravilloso está siendo sobre explotado y depredado. En nuestro país hay déficit de marcos legales, y los que están sancionados no se cumplen respecto del agua, los bosques, el tratamiento de la basura y los desperdicios industriales, las vedas de pesca y caza… Los pobres son los que más sufren los deterioros ambientales y las consecuencias del cambio climático. Debemos pensar en las futuras generaciones. Ellos tienen el mismo derecho que nosotros al agua potable, al aire limpio, el suelo fértil…

El papa nos da una orientación tan clara como desafiante: “El drama del inmediatismo político, sostenido también por poblaciones consumistas, provoca la necesidad de producir crecimiento a corto plazo. Respondiendo a intereses electorales, los gobiernos no se exponen fácilmente a irritar a la población con medidas que puedan afectar al nivel de consumo o poner en riesgo inversiones extranjeras. La miopía de la construcción de poder detiene la integración de la agenda ambiental con mirada amplia en la agenda pública de los gobiernos. Se olvida así que ‘el tiempo es superior al espacio’, que siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de poder. La grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación” (LS 178).

Conclusión

Estamos transitando en la Patria un momento muy particular. Providencialmente tenemos al papa Francisco que nos orienta, nos ilumina. Es un tiempo particularmente importante para trabajar por la cultura del encuentro y la amistad social, en lo cual todos tenemos una responsabilidad importante pero particularmente los políticos. Y por eso miremos a la Virgen María, ella que “como madre es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia” (EG 286).

En su corazón de Madre, entonces, ponemos nuestras inquietudes, nuestros trabajos pidiéndole que nos cuide. “También en la política hay lugar para amar con ternura” (FT 194).