La santidad constituye la vocación a la que está llamada la persona, primero por su constitución ontológica en cuanto imagen e hijo de Dios y segundo por la respuesta que da al llamado de Dios. Esta santidad tiene su modelo consumado en Cristo, Dios y hombre verdadero.

P. Osmin Serrano Grillet

Los verdaderos problemas que padece la vida cristiana, y en consecuencia la espiritualidad, no se tratan de una cuestión cuantitativa, sino fundamentalmente cualitativa, manifestada en la pérdida de fe. Benedicto XVI respondía a P. Seewald en sus «Últimas conversaciones» que la crisis actual se debe a una difuminación de la conciencia cristiana, una tibieza en la oración y las celebraciones litúrgicas, junto con el descuido de la misión. En este artículo, el autor busca describir las causas que han influido en una deformación de la espiritualidad actual, a la vez que en el siguiente artículo propone los elementos para una renovación de la misma.

Acudimos a una apostasía sin precedentes en la vida de las sociedades y de la Iglesia. Inmersos en este cambio de época, la fe cristiana cada día está dejando de ser decisiva para el tejido social que nos integra a todos; se ha roto la simbiosis entre fe y cultura que ha estructurado desde siglos la vida de los pueblos y todos los ámbitos de la existencia humana. Esto fue percibido en su momento con gran agudeza por Benedicto XVI: «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas» (Porta Fidei, 2).

Ante una sociedad postmoderna que niega a Dios, la dignidad del hombre y toda moral, el bautizado está llamado a tomar parte: o se opta por la «muy determinada determinación» de la santidad o se pacta promoviendo dicha realidad, es decir, o se opta por buscar la santidad respondiendo a la vocación cristiana o se opta por ser un canalla que vive y promueve la triple negación (Dios- hombre- moral), y en esto no existen los neutros o el punto medio.

No se puede olvidar que la espiritualidad estructura nuestra cosmovisión (ver), nuestra «corvisión» (juzgar) y nuestra encarnación (actuar). Esta apostasía ha ido desarrollándose hasta alcanzar una nueva antropología caracterizada por la dictadura del relativismo, la deconstrucción y el secularismo. Siendo que la persona humana tiene una intrínseca dimensión sobrenatural, al negar a su Creador tiene que buscar formas de reorientar dicha dimensión, aunque las consecuencias sean perversas para ella misma, apareciendo pseudo espiritualidades. Aquí las aunamos en tres grupos.

Malformaciones de la espiritualidad

Una mente sin Dios y sin carne

Con el resurgimiento del gnosticismo actual se ha ido generando una espiritualidad, es decir, una forma de relacionarse con el misterio de Dios, con los demás y con la realidad. Esta herejía, que tanto daño causó y sigue causando a los cristianos, absolutiza el racionalismo, el elitismo y el desprecio de la carne. La consecuencia directa es un inmanentismo subjetivista: «se vuelve especialmente engañosa cuando se disfraza de una espiritualidad desencarnada. Porque el gnosticismo «por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio», tanto el misterio de Dios y de su gracia, como el misterio de la vida de los demás» (Gaudete et Exultate, 40).

Son manifestaciones de esta espiritualidad: la amputación de la dimensión social o institucional de la vida, porque solo importa el «yo» por encima de los demás, negándose a todo tipo de asociación; la contemplación del misterio de Dios, pero sin encarnación; un cristianismo sin conversión; la Eucaristía y los demás sacramentos convertidos en eventos sociales; la creación de élites intelectuales y el culto al líder, que trata de ocupar puestos decisivos en las estructuras políticas, para cerrar el paso al mal y «defender» los derechos de la Iglesia, o los «listos» que vienen a decirle a los pobres cómo deben vivir y actuar; la promoción de la moral individual; una acción eclesial y social dirigida solo a atender las consecuencias de los males de la humanidad (hambre, miseria, corrupción, injusticias, guerras, etc.) sin analizar y denunciar las causas de las mismas; catequesis desdogmatizadas, pasadas por el cedazo de lo que cada quien quiera creer; una teología de la predestinación.

Las consecuencias de esta pseudo espiritualidad gnóstica son: un pesimismo antropológico, porque niega lo sustancial del ser humano que es la asociación o comunión con Dios y los otros; la reducción de la acción profética de la Iglesia a un pactar con los poderosos de este mundo, legitimando y subsidiando el poder establecido; el asistencialismo como única forma de actuar que tienen los cristianos en lo social; establecer «la religión» del Estado como único salvador de los hombres, al cual se le debe ciego respecto y obediencia. En definitiva, el resultado es el falso cristianismo que era denunciado por Pio XII en la década de los cuarenta del siglo pasado: un cristianismo sin Cristo, que ha construido un dios a su medida, adaptando el mensaje cristiano y la Iglesia a nuestras formas de vida, dando como resultado una negación de Dios, del hombre y de la moral.

Una voluntad desgraciada

El pelagianismo constituye la otra herejía que está creando pseudo espiritualidades en el mundo. Aquí el protagonista es la voluntad humana, el esfuerzo personal sin contar con la gracia; por eso es desgraciada, porque excluye la gracia. Si el núcleo de esta herejía es la voluntad, el elemento catalizador es lo ideológico. Nuestro tiempo pasará a la historia como la época de las ideologías (indigenismo, ecologismo, feminismo, género, etc.) que ha subyugado a la razón. Si los gnósticos negaban rotundamente el acercamiento a la encarnación, los pelagianos lo hacen parte fundamental de su quehacer, pero sin contar con aquello que le da sustento a la realidad que es Dios, destrozando así el orden de la creación y el orden de la redención.

Esta forma de entender la espiritualidad tiene múltiples manifestaciones: una comprensión de la Iglesia desde la democracia parlamentaria, donde el acuerdo de la mayoría puede domesticar el dogma;  una clericalización exacerbada de los laicos, que se consideran oprimidos por la Iglesia jerárquica, dándoles oficios propios de los pastores; la categoría de pueblo de Dios entendida desde los parámetros liberales, donde la libertad individual está desconectada de la comunión; la negación de la trascendencia, promoviendo no el más allá, sino el más acá; la lectura de la Palabra de Dios seccionada o selectiva, para corroborar la ideología; los sacramentos como meta del esfuerzo personal; la salvación condicionada y estructurada por la justicia social, es decir, la salvación alcanzada por el hombre y circunscrita a lo terreno.

Las consecuencias del pelagianismo en la actualidad han sido la proliferación del coaching, como sustitución de la dirección espiritual y de la confesión. Un acercamiento a los pobres, pero sin encarnación. Una incorrecta actualización de la categoría de «sociedad perfecta» de la Iglesia, negando su ser «sacramento universal de salvación» o, dicho de otro modo, la Iglesia es entendida como un partido político. El favorecimiento de la lucha, pero sin contemplación. La negación de la dimensión sobrenatural del hombre. La biopolítica que busca crear un ser humano a la medida de la voluntad humana.

El fideísmo

Se trata de creer, pero sin razones, al margen de la razón natural porque «no acepta la importancia del conocimiento racional y de la reflexión filosófica para la inteligencia de la fe y, más aún, para la posibilidad misma de creer en Dios» (Fides et ratio 55). Esto se manifiesta en el desprecio de toda filosofía y de la teología especulativa.

El fideísmo tiene entre sus raíces concretas los planteamientos de Lutero, quien afirmaba que el hombre está corrompido por el pecado original, y en consecuencia también la razón, por lo que esta no puede llevarnos a la verdad. Por lo tanto, para el hereje alemán la razón solo sirve para las cosas prácticas del mundo terreno, pero es una abominación afirmar que ella pueda ayudar a profundizar en la fe, porque son contrapuestas. Era tal el odio que profería hacia la razón que la describe con estas explícitas palabras: «La razón es la puta del diablo. Solo es capaz de blasfemar y de deshonrar cuanto Dios ha dicho o ha hecho». Por ello, irá contra Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, afirmando: «En resumen, es imposible reformar la Iglesia si la teología y la filosofía escolástica no se arrancan de raíz junto con el derecho canónico».

La consecuencia de estos planteamientos será el desarrollo de una teología protestante con una nueva forma de relacionarse con el misterio de Dios, en la cual habrá un exacerbamiento de la experiencia, que es don de Dios, ante el cual el hombre es mero receptor y no interlocutor. El subjetivismo pasará a ocupar el protagonismo en la teología, con figuras como Schleiermacher, que reducía la religión a mero sentimiento; o los teólogos liberales, que con su iluminismo concebían la religión como una fenomenología ético-natural que se experimenta en la intimidad de la conciencia, convirtiendo la teología en filosofía de la religión. Posteriormente, las figuras de K. Barth, quien negaba la analogía del ser y consecuentemente negaba toda metafísica de la religión, que es la que nos lleva a la trascendencia del alma humana, quedando reducida la fe únicamente al dato empírico. También el paradigmático caso de R. Bultmann con la «desmitologización», la cual, imbuida del existencialismo de Heidegger, negaba toda metafísica en la fe cristiana, acusando a los autores y los relatos neotestamentarios de estar viciados de exageraciones y mitologías. Por ello, los milagros narrados en los evangelios serían mitos, relatos legendarios, sin ningún valor histórico.

La negación de todo elemento objetivo y la circunscripción a la experiencia subjetivista influyeron de tal forma en la teología y la espiritualidad católica que darán a luz una cultura relativista. Junto con una vivencia de la fe enferma por el protestantismo, que cultiva poco el conocimiento de las certezas de fe, buscando momentos de intensidad o éxtasis religiosos. Desapareciendo del lenguaje verdades como pecado original, conversión, infierno, purgatorio, paraíso, demonio, santidad, encarnación, etc. La armoniosa síntesis lograda por los Padres de la Iglesia que se puede expresar en la categórica afirmación agustiniana «cree para entender y entiende para creer», junto la síntesis escolástica entre filosofía y teología especialmente lograda por Santo Tomás de Aquino, son hoy generalmente desconocidas o despreciadas. De igual forma, el Derecho canónico es el gran desconocido y despreciado por propios e impropios. La pretensión de Lutero, cinco siglos después, ha tenido y sigue teniendo terribles consecuencias para la espiritualidad católica.

En definitiva, para el fideísmo no se puede conocer a Dios a través de la razón sino únicamente por la fe. Cuestión que va diametralmente opuesta a la afirmación magisterial del Concilio Vaticano I, que afirmó: «la Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus obras, gracias a la luz natural de la razón humana» (cf. Concilio Vaticano I: DS 3026). Por ello, la espiritualidad no se desarrolla en el sinsentido, sino en una profunda y seria filosofía y teología que iluminen la razón con la gracia, permitiendo una conocimiento más profundo de la revelación cristiana.

Tres modelos insuficientes de cristianismo

La espiritualidad poco a poco va configurando la identidad cristiana hasta sujetarla a la concepción del Dios que adora, del hombre que busca y del mundo en que vive. En este sentido, el teólogo Gabino Uríbarri plantea que hoy entre nosotros tienen carta de ciudadanía tres versiones del cristianismo insuficientes o heréticos, tratándose de deformaciones del cristianismo implantados y propagados muchas veces intra Ecclesiae, como suele ocurrir con toda herejía, por haber pactado ilusamente con los dioses de nuestra cultura.

Dichos modelos los describe así: «El cristianismo emocional se vertebra sobre la máxima de que lo que me hace sentir bien es bueno; el cristianismo ético asume que la grandeza de la persona humana se mide exclusivamente por su altura ética; y, por fin, el cristianismo de la autorrealización parte de que el fin de la vida radica en lograr los fines y los objetivos que el propio sujeto se autodicta» (Tres cristianismos insuficientes, 2003).

Cómo hemos llegado hasta aquí

Describimos a continuación lo que creemos en conciencia que han sido las causas que han generado esta perversión de la espiritualidad cristiana.

Una ruptura ontológica

Las primeras comunidades cristianas y posteriormente los Padres de la Iglesia y la síntesis escolástica, con Santo Tomás de Aquino a la cabeza, entendían que todo cuanto existe tenía su fundamento en Dios, había un camino causal entre Dios y sus criaturas, recibiendo el ser desde el Increado. A ello lo denominaron la analogía del ser, cuestión que se puede apreciar claramente en la afirmación de San Pablo en el Areópago ateniense, quien hablando de Dios dice: «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Por ello, Dios estructuraba la cosmovisión y la razón y toda acción buena del cristiano era entendida como una prolongación de la acción de Dios en la tierra.

Con D. Escoto y G. de Ockham, planteando la univocidad del ser, es decir, la autonomía e independencia del ser creado de su Creador y la particularidad como inconexión con los demás seres, ha sobrevenido una ontología y una metafísica del hombre nuevo que se instala en el nihilismo. Esta corriente pensaba que si Dios está en todo, ergo no está en ninguna parte, se niega la omnipresencia divina. Esta ruptura entre Dios y su creación se encuentra en las puertas del modernismo (el «pienso luego existo»de Descartes; el imperativo categórico de Kant; la voluntad de poder de Nietzsche; «la política precede al ser» de Deleuze, etc.), como eclosión de las ideologías, donde el centro gnoseológico, histórico, teológico, espiritual, moral y político es el individuo separándose de toda identidad trascendente.

Esta fue una de las causas que desencadenó el proceso de secularización, reduciendo a Dios al mero concepto y al hombre al sometimiento de la dictadura del relativismo. Ratzinger lo describe así: «ya hemos dejado de buscar la cara oculta de las cosas, de sondear la esencia del ser […] Nos hemos situado en nuestra perspectiva, que es la de lo visible en el sentido más amplio, lo que podemos abarcar y medir […] Con esto se ha ido formando poco a poco en la vida y en el pensamiento moderno un nuevo concepto de verdad y realidad» (Introducción al cristianismo, 2016).

El antropocentrismo

Fruto de la ruptura entre gracia y naturaleza, es decir, entre el ser Creador y el ser de lo creado, la modernidad ha colocado al hombre en el centro, expulsando a Dios de todas las dimensiones humanas. Dicho de otra forma, ya no es el hombre quien se arrodilla ante Dios, sino Dios quien se arrodilla ante el hombre. Así, lo que va a configurar la espiritualidad será un desvanecimiento de su realidad fundante, es decir, el misterio de Dios. Una cuestión que ha sabido explicar muy acertadamente el filósofo francés R. Brague: «Cada vez hablamos más de derechos del hombre, de la dignidad del hombre, pero cada vez somos menos capaces de decir a qué se debe esa dignidad, esos derechos».

Así, la espiritualidad se ve sometida a una experiencia intimista, placentera y de autosatisfacción, donde la conversión, la vida ascética y la santificación son inexistentes porque carecen del paradigma teológico que atrae hacía sí todas las cosas. La espiritualidad se convierte en una especie de nirvana, que libera al hombre de todo compromiso serio por su salvación. A la vez plantea una fraternidad universal, pero sin padre (Dios) y sin madre (la Iglesia), poniendo al mismo nivel todas las verdades porque todo depende del hombre y de lo que quiere. Un ejemplo claro de ello son los hoy muy apreciados planes pastorales, que frecuentemente empiezan con un análisis de la realidad, haciendo preguntas como: ¿Qué tipo de Iglesia quieren? ¿Qué tipo de pastores desean? ¿Qué tipo de liturgias les gusta? No se pregunta lo obvio: ¿Qué Iglesia quiere Dios? ¿Qué pastores pide Cristo? ¿Qué tipo de liturgia da verdadero culto a Dios? Por eso no resulta temerario decir, con Hans Urs von Balthasar, que «la era de la contemplación ha pasado, estamos en la era de la acción: el ser humano no solo administra su mundo, sino que se administra a sí mismo y hace de sí lo que quiere»(Quién es cristiano, 2000).

La migración de lo sagrado

Lo sagrado, que tiene su fuente en Dios y su manifestación en la Iglesia, ha migrado a la figura del Estado. Este tiene su liturgia, es decir, su culto propio; su proyecto de salvación, que es la omnipresencia estatal, y su escatología propia, que es el estado del bienestar. Ello ha llevado a que la Iglesia y la fe cristiana sean reducidas al ámbito privado, sin ninguna participación en lo público. Con ello, se ha patentado una espiritualidad de templos para adentro, olvidando que el principal templo es cada bautizado que comparte la doble ciudadanía, que en realidad es una, de la ciudad de Dios y de la ciudad de los hombres.

Santos o buenas personas

El paradigma del hombre ha cambiado: ya no se trata de Cristo como modelo del hombre, sino del hombre que tiene que buscar ser buena persona. Hoy se promueven muchos los valores, que son esclavos de la dictadura ideológica de turno, y no las virtudes (areté) cristianas. Aquí hay un error de fondo porque se han separado la bondad humana y la bondad divina, siendo que el único bueno es Dios y el hombre participa de esa bondad por ser imagen de Dios. Porque toda antropología es una cristología deficitaria y toda cristología es una antropología consumada. En este ámbito el pecado no existe, sino que es suplantado por el error, el cual vacía de contenido y fin salvífico toda acción perniciosa del hombre.  

La santidad constituye la vocación a la que está llamada la persona, primero por su constitución ontológica en cuanto imagen e hijo de Dios y segundo por la respuesta que da al llamado de Dios. Esta santidad tiene su modelo consumado en Cristo, Dios y hombre verdadero. Por ello, la teoría de Rahner de los cristianos anónimos carece del elemento objetivo cristológico y eclesiológico de la santidad. Su error es confundir la búsqueda de la caridad, la justicia, la verdad o la bondad como un automatismo santificador. Esta postura resulta de una incorrecta interpretación de la concepción teológica de «las semillas del Verbo» de San Justino, entre otros, la cual fue asumida por el Vaticano II, pero no como un fin en sí mismo, sino como una medio para la evangelización. Dicho en otras palabras: «las semillas del Verbo» no es una realidad consumada, sino un llamado a la evangelización. Al menos este es el sentido que da el Decreto Ad Gentes (11) al referirse a las tradiciones nacionales y religiosas no cristianas de los países, manifestando que los misioneros no parten de cero, sino que están precedidos por la preparación  que hace el Espíritu Santo. Esto fue planteado por el Arzobispo greco-católico Melquita (Siria) Elías Zoghhy en una decisiva intervención en el aula conciliar en noviembre de 1964, en la que completaba la afirmación de «las semillas del Verbo» con otra gran afirmación de los Padres Orientales, «la pedagogía divina», en la cual San Ireneo y San Gregorio Nacianceno, en otros, ven el propósito divino de salvación desde el principio de la historia, la cual es una preparación para la llegada del Salvador. Por ello, el Arzobispo Melquita explicaba dichas afirmaciones en clave misionera: la misión como «epifanía», «germinación del Verbo» y «efusión pascual», siendo que «el evangelizador que llega a una tierra todavía no evangelizada, siembra la semilla de la Palabra en unas almas que no están del todo ajenas a la Palabra de Dios, sino que más bien han sido preparadas largamente por el Espíritu Santo, pues aquellas almas recibieron desde su creación el Verbo Creador, esto es, la semilla divina, que espera el rocío de un nuevo amanecer para que crezca y fructifique» (Actas del Sínodo, Vol. III/VI, 438).

En definitiva, no existen ni el automatismo, ni el subjetivismo ni el antropocentrismo santificador, que conllevan plantear la santidad sin Cristo y sin la comunión con la Iglesia. En el fondo es el resurgimiento de algo que se creía superado: la separación del Jesús histórico del Cristo de la fe.

La liturgia deformada

El Papa Pío XII, uniendo la larga tradición de la Iglesia, afirmaba: «la sagrada liturgia es, por consiguiente, el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa a su Fundador y, por medio de Él, al Eterno Padre: es, diciéndolo brevemente, el completo culto público del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros» (Mediator Dei, 29). Dicha definición resulta de una gran profundidad y pone de manifiesto el protagonismo de Dios.

Otra causa de desfiguración de la espiritualidad cristiana es la progresiva pérdida de la centralidad de Dios en la liturgia y de la participación de los fieles como los que tributan culto a Dios. Se reduce la liturgia a asambleísmo, encuentro de vecinos y fiesta cultural. La malinterpretación de la reforma litúrgica del C. Vaticano II ha llevado a un protagonismo de la creatividad sobre lo mistagógico: «se hace cada vez más claro que la existencia de la Iglesia vive de la correcta celebración de la liturgia y que la Iglesia está en peligro cuando el primado de Dios ya no aparece en la liturgia y, por tanto, en la vida. La causa más profunda de la crisis que ha derruido a la Iglesia reside en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia» (Benedicto XVI, Prólogo a la edición rusa de sus  obras completas).

Un nuevo Dios

Los elementos precedentes han configurado una comprensión del misterio de Dios que se encuentra en las antípodas de lo creído, celebrado y anunciado por la Iglesia católica en su larga tradición milenaria. Esta nueva comprensión es descrita por E. Peterson en Politik und Theologie: «Dios fue despojado de su carácter trascendente en la medida de lo posible, para que pudiera entrar en la relación religiosa privada. El Dios-hombre se convirtió en un burgués liberal que no hacía milagros sino que predicaba la humanidad, cuya sangre no era un secreto, sino que moría por su convicción, que no resucitaba, sino que vivía en la memoria de sus allegados, que no proclamaba el fin del mundo y su origen, sino que nos enseñaba a ver la belleza de los lirios del campo. El Espíritu Santo ya no era venerado como tercera persona de la Trinidad, sino solo psicológicamente relacionado con las llamadas experiencias religiosas de la propia alma» (citado por G. Uríbarri, Ibid.).

Aspectos fundamentales de una espiritualidad cristiana

Ante una apostasía de tamaña envergadura nos encontramos con la tarea urgente de una nueva evangelización. Este es el llamado que hacía san Juan Pablo II a los obispos de Iberoamérica en Puerto Príncipe cuando afirmaba que se trata «no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión» (Discurso a la Asamblea del CELAM, Puerto Príncipe, 1983). Se trata de una evangelización que devuelva a la cultura su fundamento primero en el misterio de Dios. Sin embargo, la realidad actual que toca evangelizar posee una particularidad en relación a la fe cristiana: mientras los apóstoles y muchos santos evangelizaron pueblos vírgenes porque no habían escuchado el anuncio explícito de Dios, hoy nos corresponde evangelizar una cultura que cree haber escuchado todo del Dios revelado por Jesucristo. Sin embargo, sigue siendo «el Dios desconocido» (Hch 17, 23) del que habla San Pablo en Atenas.

CLAVES PARA UNA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

El encuentro con Cristo, fundamento de la identidad cristiana

La respuesta a las pseudo espiritualidades gnósticas y pelagianas ha sido dada por Benedicto XVI en un texto que ya es patrimonio teológico de este siglo: «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1).

La fe cristiana se plantea como una opción fundamental que estructura toda la vida y no solo una parte de ella. La vivencia de la fe implica una actitud constante de agradecimiento porque hemos sido alcanzados por el amor: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). Dios siempre toma la iniciativa. Por otra parte, nadie se hace cristiano solo para hacer buenas obras o para ser un gran intelectual –aunque indudablemente la Iglesia ha dado a la humanidad creyentes de ambos tipos–, sino por el encuentro con el Hijo de Dios que viene a ser respuesta a todas las ansias de verdad, bondad, unidad y belleza que el hombre tiene. Fundamentalmente porque se ha encontrado con el paradigma de la vida humana que da contenido, desarrollo y finalidad. En el fondo, se trata de asimilar que la antropología tiene su desarrollo en la cristología. Por ello, la cruz es muy pedagógica, porque une verticalmente a Dios con los hombres y horizontalmente a los hombres entre sí, siendo esto posible por el punto medio del Hijo. Aquí se encuentra la realidad fundante de toda espiritualidad: el encuentro con el Hijo de Dios. Al mismo tiempo, aquí se encuentra el desarrollo y consumación de la misma, porque es a base de encuentros cada vez más profundos con el misterio de Dios donde la espiritualidad se alimenta y se expresa en testimonio de vida por las obras.

Se trata en definitiva de un encuentro estructurante de la identidad cristiana. Ya la ontología tomista tenía entre sus principios el agere sequitur esse (el actuar se sigue del ser), de forma que el actuar viene a ser expresión de la identidad, es decir, de lo que se es. De forma que el encuentro con el Hijo de Dios –ya sea con su cuerpo real (la Eucaristía), su cuerpo místico (la Iglesia), su cuerpo legislativo (los pobres) o su voz (La Palabra, la predicación), que son en realidad expresión del único núcleo de la fe en Jesucristo el Señor– constituyen el itinerario a través del cual se va formando la espiritualidad cristiana y la identidad misma del cristiano.

El bautismo

Los teólogos, para explicar lo que ocurre cuando alguien es bautizado afirman que en esa persona acontece una reconfiguración ontológica, es decir, borrado el pecado original, no sus consecuencias, y otorgando la vida de gracia de Cristo se lleva a plenitud todas las potencialidades del ser humano en cuanto imagen de Dios, llamado a reproducir esa imagen en el Hijo, a ser como Cristo. Dios hace al hombre partícipe de la naturaleza divina. Santo Tomás de Aquino afirma una verdad que escandalizaba en su tiempo a propios e impropios, pero que no deja de ser cierta: «El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres» (Opúsculo 57 in festo Corp. Chr., 1); en la misma línea se movían anteriormente los Padres de la Iglesia (San Atanasio, San Ireneo, etc.).

Esta afirmación es fundamental para un coherente planteamiento de la espiritualidad. El Concilio Vaticano II, nos ha recordado a toda la Iglesia la común dignidad bautismal que compartimos y el llamado universal a la santidad que tenemos. Por eso, una espiritualidad cristiana tiene como base un dejar fructificar la gracia del bautismo en la vida de fe, en este sacramento que forma un todo con la confirmación y la Eucaristía, que nos inicia en el misterio de Dios, participando activamente en el perdón de los pecados, la vida nueva por la adopción filial, la inserción en la Iglesia, participando del sacerdocio común para dar culto a Dios. Aquí está el fundamento sacramental sobre el cual se erige la espiritualidad cristiana, dinamizada por la conversión, el mandamiento del amor y la santificación.

La conversión a Cristo y nadie más

Los apóstoles, en tiempo de persecución, afirmaban: «Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Esta afirmación traza el norte hacia donde debe caminar la espiritualidad cristiana, porque ella se plantea como un camino, un constante avanzar hasta la transformación de la vida humana a Jesucristo. San Pablo añade: «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

Los santos, tratando de explicar cómo la conversión es a Cristo y a nadie más, es decir, cómo la vida de fe está estructurada por el discipulado y no pactando con los poderes de este mundo, utilizan diferentes figuras: El castillo interior o Las moradas de Santa Teresa, donde el alma atraviesa diferentes habitaciones despojándose de todo lo que le impide la comunión con su amado, hasta llegar a la habitación principal para estar en comunión plena con Él; la Subida al Monte Carmelo, donde San Juan de la Cruz explica el camino que debe recorrer el alma para alcanzar el alto estado de perfección, es decir, la unión del alma con Dios; o incluso, la Santa Escala de San Juan Clímaco, una escalera de treinta peldaños por donde el cristiano debe ir subiendo constantemente desde la conversión hasta alcanzar un plena comunión con Dios. En definitiva, la espiritualidad en cuanto camino desarrolla la dinámica de conversión propia de la fe cristiana, un desarrollo que tiene al Hijo de Dios como alfa y omega.

El combate espiritual

La vida cristiana y en este sentido la espiritualidad es un combate espiritual, no ser consciente de ello implica estar en medio de fuego cruzado y ni enterarse. El Papa Francisco nos recuerda que, no se trata solo de un combate contra la mentalidad mundana o una lucha contra nuestra fragilidad y las propias inclinaciones, es un combate que tiene que ir contra la raíz misma de todo mal: el demonio y su obra (Cf. Gaudete et Exultate, 159-165).

De los mayores males que experimenta hoy la vida espiritual es la escasa conciencia de las terribles consecuencias del pecado, fruto de los planteamientos ideológicos que niegan a Dios, al hombre y toda moral; ello conlleva a constantes frustraciones y grandes sufrimientos en la vida espiritual (interna y externa); porque, por una parte, ya nada es malo, sino que depende de cómo se mire, y por otra parte no se percibe el ataque al que se ven sometidas las almas cristianas por el demonio.

San Agustín escribió una obra, plenamente actual para la espiritualidad cristiana hoy, titulada El combate cristiano. Allí recordaba a la Iglesia que el demonio no se presenta tan ingenuamente, pues sabe que su presencia turba incluso a sus adeptos, porque «no hay nadie que ame al diablo». Toda genuina vida cristiana es un combate contra el diablo. Por eso, ningún cristiano debe hacerse falsas ilusiones en irenismos con el padre de todo mal, nada importa que no se pueda ver corporalmente al enemigo, no por ello es menos real. Si el cristiano no cree en la existencia del enemigo, reduciéndolo a un mito o un concepto abstracto, está virtualmente derrotado. Así, advierte el Obispo de Hipona: «Debemos, pues, conocer quién es el enemigo, a quién hemos de vencer para ser coronados. Es aquel a quien Cristo venció primero para que le venzamos nosotros también si permanecemos en Cristo».

Este combate espiritual, también debe llevar a recuperar la concepción de la gracia como gracia combativa. La gracia no es la vida divina que nos obnubila de la realidad, sino la vida de Dios otorgada para resistir, combatir y persistir en esta enorme guerra que se fragua tanto en el frente interno (concupiscencias) como en el externo (tentaciones/estructuras de pecado). San Pablo describe este combate, afirmando que los cristianos llevan un tesoro en vasijas de barro, para que se manifieste la fuerza extraordinaria de Dios: «Atribulados en todo, más no aplastados; perplejos, más no desesperados; perseguidos, más no abandonados; derribado, más no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Cor 4, 7-10).

Visión de fe de la realidad

Fruto de la conversión, el bautismo y la celebración de la liturgia, la espiritualidad cristiana se desarrolla desde una nueva cosmovisión. Se trata de mirar el mundo según los criterios del evangelio. Así, el mundo se nos plantea como la casa común, llamados a respetar la naturaleza y fundamentalmente la naturaleza humana; el hombre se nos presenta como aquel que tiene una dignidad sagrada; la historia no es el discurrir del tiempo con hechos sin sentidos, sino la historia de salvación como tiempo de gracia, realización del proyecto de Dios; la comunión de vida, de bienes (espirituales, intelectuales, monetarios, etc.) se nos presenta como la opción más razonable para vivir, en coherencia con la comunión trinitaria (pericoresis/ circumincessio); el mal en el mundo se descubre que tiene un padre, el diablo, y sus ejecutores son las estructuras de pecado; el pesebre, la cruz y el sagrario no son comprendidos como un escándalo y una locura, sino como encarnación redentora, destrucción de la muerte y santificación constante procurada por Dios.

Las preguntas que tanto aquejaban a Kant y a los modernistas: ¿qué puedo saber? (conocimiento), ¿qué puedo hacer? (moral), ¿qué puedo esperar? (religión), ¿qué es el hombre?, vienen a encontrar en la fe cristiana unas respuestas que superan todo planteamiento inicial, dando una comprensión del mundo, una forma de conocer la realidad no circunscrita a lo meramente experimental, una pauta de conducta desde el mandamiento del amor y una compresión del hombre con vocación sobrenatural.

En definitiva, se puede comprender el mundo en su raíz más profunda en cuanto encaminado a consumarse en su Creador. Hoy, «es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe […] y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre […] recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro» (Lumen Fidei, 4).

La centralidad de la liturgia

El Concilio Vaticano II, ha planteado que la liturgia «es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum Concilium, 10). Por ello, la espiritualidad cristiana encuentra en la liturgia su alimento principal, la actualización de la obra redentora de Dios en la vida personal y asociada, el culto debido a Dios, junto con la capacitación de la gracia combativa para la construcción del reino de Dios.

En ella, la Eucaristía ocupa un puesto central, por la doble y complementaria tensión que se da entre glorificación a la Trinidad por su Cuerpo místico que es la Iglesia y el «influjo causal de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 21) a través de la cual la Trinidad edifica y santifica a su Iglesia.

Esta centralidad de Dios en la vida humana se opone al antropocentrismo ateo: individualista, utilitarista y superficial. Porque comprende que el misterio del hombre y su vida solo se puede esclarecer a la luz del misterio del Verbo encarnado. También porque entiende que la obra de santificación se va realizando en la celebración litúrgica de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía.

La oración

Hoy la petición de los discípulos a Jesús se hace actual para nosotros: «Señor enséñanos a orar» (Lc 11, 10). La oración cristiana es una participación en la oración de Cristo o dicho en palabras de San Agustín: «Él ora por nosotros como sacerdote nuestro, Él ora en nosotros como cabeza nuestra, Él es orado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestras voces, y reconozcamos su voz en las nuestras» (Patrología latina 37, 1081).

Por ello, una auténtica espiritualidad cristiana entiende la oración como un momento de máxima densidad trinitaria, donde el cristiano movido por el Espíritu Santo en el Hijo se dirige al Padre. Se trata, por decirlo de forma sencilla, de hablar con Dios, escuchar su voz, entregarle todo el sufrimiento de la humanidad para que lo acepte en sus manos redentoras y nos diga «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Por eso, una espiritualidad que no valore y fomente la oración cristiana es falsa. No se trata de un ejercicio voluntarista y evasivo de la realidad, todo lo contrario, es una relación personal, eclesial, filial e inmediata del cristiano con Dios. La oración implica la contemplación que concede contenido a toda acción del cristiano en el mundo; dicho de otra forma, toda actividad es cristiana cuando procede de la contemplación y conduce a ella.

El reino de Dios

El reino de Dios o su poder soberano actuante en la historia, especialmente con la pascua de su Hijo, constituye el elemento dinamizador de la espiritualidad cristiana. La espiritualidad no es estática, sino constitutivamente dinámica. Pues el Espíritu Santo impulsa a todo cristiano a la construcción de este reino, mostrando la novedad que implica para la humanidad: novedad teológica: revelación y anuncio del Dios de Jesucristo que es amor; novedad moral: la acción y la vida del hombre estructurada por el mandamiento nuevo del amor; novedad sociopolítica: porque todo error político, económico y social constituye un profundo error teológico; novedad escatológica: porque la historia tiene un contenido y sentido, así la fe le otorga «memoria del futuro…estrechamente ligada a la esperanza» (Lumen Fidei, 9).

Caridad de caridades

Dios es amor: es la primera afirmación que se anuncia en el kerigma y que aprenden los catecúmenos. Amor que en latín se dice caritas, es decir, caridad. Dios en cuanto amor supremo estructura las vocaciones de estado en la Iglesia, caridades particulares dependiente de la Caritas Trinitatis: sacerdocio ministerial, vida consagrada y laicos. Lo cierto es que, aunque todos estamos llamados a vivir la santidad y la espiritualidad cristiana, no todos estamos llamados a vivirla de la misma manera, es decir, a acentuar el mismo elemento de la vida cristiana. Por eso, hoy es fundamental vivir la espiritualidad que le corresponde a cada uno en la Iglesia, para evitar la doble vida espiritual o el querer vivir la fe de una forma ajena a la propia.

El sacerdocio ministerial (presbíteros y obispos) tiene como elemento constitutivo de su espiritualidad la caridad pastoral: «principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor» (Pastores Davo Vobis, 23). Siendo el medio de santificación propio que se ejerce fundamentalmente a través de la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y presidiendo la Eucaristía.

La vida consagrada (religiosos, frailes, monjes, vírgenes consagradas, etc.), la cual «por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial» (CIC 573 § 1). Ella tiene como elementos constitutivos de su espiritualidad la caridad escatológica, la cual a través del cumplimiento de sus votos-promesas-vínculos, etc. de pobreza, obediencia y castidad buscan ser en el presente un signo preclaro de las realidades divinas y futuras.

Los laicos, a quienes les «corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios» (LG 31). Tiene como columna de su espiritualidad la caridad política (Pio XI), San Pablo VI describía dicha caridad diciendo: «El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.»(Evangelii Nuntianti, 70).

Uno de los errores más frecuentes en ver a cristianos que no respetan o no conocen su vocación de estado queriendo vivir otra forma de vocación de estado en la Iglesia, deviniendo en el clericalismo y el laicismo, impidiendo una sana vivencia de la espiritualidad.

Sentire cum Ecclesia

San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales decía: Sentire cum Ecclesia. La espiritualidad cristiana tiene por su propia naturaleza comunional, una intrínseca dimensión eclesiológica. Lo cual, significa para S. Ignacio, que «sentir es conformarse a la voluntad de Dios». Implica discernir, comprender, percibir la voluntad de Dios en el plano salvífico y querer gozosamente acomodarse a Él.

El auténtico sentir con la Iglesia reposa sobre la convicción de que «es toda la Iglesia la que vive de la verdad y en la verdad». Hoy Implica redescubrir a la Iglesia como Sacramento universal de Salvación. La Iglesia Misterio-Sacramento que vive de la Trinidad, lugar de comunión con Dios y con toda la humanidad. Universal-Católica, no solo geográficamente sino sobre todo salvíficamente; pues anuncia la totalidad de la fe, llevando en sí y administrando la plenitud de la salvación. Salvación, que es liberación de la esclavitud del pecado y sus efectos, pero sobre todo como participación de la comunión divina en la Trinidad desde la filiación dada por el Hijo.

Sentir con-en la Iglesia para la espiritualidad, es una llamada para profundizar una y otra vez, que somos hijos de nuestra Madre Iglesia. Decía H. de Lubac: «no hay otro medio […] de ser cristiano en plenitud […] Él ama la bondad de la Casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Es «su madre y sus hermanos». Nada de lo que la afecta le deja indiferente o despreocupado. Él echa raíces en su suelo, se forma a su imagen, se integra en su experiencia. Él se siente rico con sus riquezas. Tiene conciencia de participar por medio de ella, únicamente por medio de ella, en la estabilidad de Dios. Aprende de ella a vivir y a morir. No la juzga, pero se deja juzgar por ella. Acepta con alegría todos los sacrificios que exige su unidad» (Meditaciones sobre la Iglesia. Madrid: Encuentro, 2008, 264-265).

Conclusión

En un mundo de hambrientos, explotados y empobrecidos ¿cómo hablar del Dios amor ante una realidad marcada por el odio y la opresión? ¿Cómo anunciar que somos hijos de Dios ante una sociedad que nos dice que tenemos los mismos derechos que los animales? ¿Cómo explicar a los demás la dignidad sagrada de la vida humana sin constantemente miran a sus familiares y amigos ser asesinados? La única respuesta es la santidad de vida y nada más. Esta es la radicalidad a la que estamos llamados, a tomar partido, no valen los neutros porque estos ya han pactado con el poderoso de este mundo. O buscamos ser santos o canallas.  Aquí se hace realidad la seria afirmación del Señor: «El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30). Toda apostasía es superable, como lo ha demostrado la historia de la Iglesia, volviendo a la comunión con la Iglesia, único oasis en medio de muchos desiertos. Se nos llama a una recuperación de la identidad cristiana, para renovar la espiritualidad y la acción transformadora en el mundo, para que todo cante la gloria de Dios.