“En los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo” (DT 3). ¿Puede ser esta el llamamiento a la cual tiene que responder el laicado del siglo XXI?
Jordi Gaya Nofre. Trabajador Social
No son pocos los creyentes que, interpelados por el mal del mundo, buscan consuelo en estas palabras de Jesús: “De pobres, tendréis siempre con vosotros” (Mt, 26). Este consuelo a menudo se convierte en la justificación de un doloroso aplastamiento moral: “no puedo hacer nada…”.
Dilexi te (DT) ofrece otra mirada: “la caridad es una fuente que cambia la realidad”, como demuestra la historia de santidad de la Iglesia junto a los empobrecidos, “una auténtica potencia de cambio” (DT 91).
En la exhortación, León XIV, para continuar esta historia de caridad, nos plantea, desde el mismo frontispicio del capítulo cuarto, un cambio de mentalidad (DT 93), recordando las palabras de Francisco: “los planes asistenciales solos tendrían que pensarse cómo respuestas pasajeras” (EG 202).
Ante la desproporción entre el número de instituciones que trabajan para responder a los hechos y el de instituciones que combaten las causas, León XIV nos exhorta a vivir la caridad política. De forma que, dedica el resto del capítulo a explicar sus dos pilares fundamentales: las estructuras de pecado (DX 94) y los empobrecidos como sujetos y no objetos de nuestra beneficencia (DT 100). ¡Nada más y nada menos!
¿Como acoger esta exhortación cuando a menudo el punto de partida es el aplastamiento moral (no puedo hacer nada, me supera, yo ya…)?
Simone Weil, al tratar el aplastamiento de los trabajadores en la etapa industrial del capitalismo, sitúa el problema en el desarraigo de las vidas, sometidas al vacío del alma que imponen las cadenas del capitalismo: viven para trabajar, trabajan para vivir, con pequeñas compensaciones (vacaciones, salarios…) año tras año; incapaces de desear nada más, reducidos a un estado de estupor inerte o belicoso. Para Weil, el arraigo es una de las necesidades más importantes e ignoradas del alma humana.
Weil nos exhorta a vencer el mal promoviendo el arraigo en colectividades la finalidad de las cuales es la liberación de los pecados, de los esclavos, de los hambrientos… Arraigados en colectividades que tengan por finalidad la transformación del mundo desde sus fundamentos.
Afirmará Weil que, “el pan es menos necesario que el remedio a este dolor”. León XIV: “tenemos que comprometernos cada vez más para resolver las causas estructurales de los problemas “(DT 94).
“En los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo” (DT 3). ¿Puede ser esta el llamamiento a la cual tiene que responder el laicado del siglo XXI?

