Buena parte de la sociedad vive ausente de la vida de los demás, como si tuvieran todo resuelto, anestesiados acerca del sufrimiento ajeno.

* Monseñor Jorge E. Lozano, Arzobispo de San Juan de Cuyo en Argentina y Secretario General del CELAM

 

Introducción

Uno de los valores más anhelados y reclamados socialmente es “la libertad”, aunque no siempre entendida por todos de la misma manera. A veces se la confunde con hacer lo que a uno le da la gana. Hasta se llega a formular: “yo con mi vida hago lo que quiero”. Y de allí se pasa también al “yo con mi plata…”, “con mi cuerpo…”.

Se refleja de este modo una manera individualista y egoísta de entender la vida (propia y de los demás), como si uno fuera el “ombligo del mundo” o el centro del universo. El papa Francisco lo llama “autorreferencialidad”.

Esta corriente nos lleva a establecer vínculos flojos, de escaso compromiso interpersonal. Casi “midiendo” a los demás según el grado de satisfacción que producen, como si fueran objetos de consumo. “Esta cultura unifica al mundo pero divide a las personas y a las naciones, porque ‘la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos’. Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia” (FT 12).

En este contexto comprendemos las situaciones de soledad profunda, o vacío existencial. De este modo se corre el riesgo de caer en la búsqueda de salidas ilusorias, que lejos de aliviar conducen a callejones sin salida. Buena parte de la sociedad vive ausente de la vida de los demás, como si tuvieran todo resuelto, anestesiados acerca del sufrimiento ajeno. Cuando comenzaron las situaciones de aislamiento debido a la pandemia del Covid 19 experimentamos que “densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos.” (Francisco, 27 de marzo de 2020).

En medio de una Plaza San Pedro vacía, cuando se iba viniendo la noche y bajo una persistente llovizna, el viernes, 27 de marzo de 2020 el Papa nos ayudó a rezar y mirar nuestra verdad más profunda. “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas ‘salvadoras’, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos” (Francisco, 27 de marzo de 2020).

Vamos a compartir algunas reflexiones sobre dos dramas graves que se dan en la sociedad: las adicciones (tres de ellas) y la violencia, en las cuales se da una pérdida o deterioro del valor de la vida.

Tres adicciones

Volviendo a los vínculos flojos a los cuales mencionamos, constatamos que ese modo de vida nos lleva a situaciones de soledad y angustia. Francisco nos dice que “es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos: los sin techo, los tóxico dependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, etc.” (EG 210).

Esas nuevas formas de pobreza y fragilidad suelen estar en la base de algunas conductas adjetivas. Menciono y comento tres de las más dolorosamente comunes: el alcohol, la droga, el juego.

Alcoholismo

El alcoholismo está lamentablemente extendido y afecta particularmente a los hogares más pobres, generando situaciones de violencia doméstica y un serio deterioro en la salud. En algunos casos la prolongada desocupación en el varón y la baja autoestima que esta provoca lleva a buscar refugio en la bebida.

Es común que en muchas provincias y pueblos los adultos consuman alcohol en exceso en reuniones familiares o de amigos. Es como una costumbre instalada que no se cuestiona ni critica. “Es así”.

Es preocupante también el consumo de alcohol en los jóvenes a edades cada vez más tempranas. El fin de semana o las fiestas parecen no poder realizarse sin excesos en el alcohol y las más raras mezclas de bebidas, a las cuales a veces agregan medicamentos que consiguen de modo fraudulento o los roban en casa. Nos dejan al descubierto-; conductas autodestructivas que son expresión de un profundo malestar existencial y una pérdida en el sentido de la vida.

Ante estas situaciones los padres (y los adultos en general) dan la batalla por perdida, muchas veces sin dar pelea o ni siquiera hacer el intento. La naturalización de “la previa” en la propia casa o la compra por parte de los adultos de bebidas alcohólicas de las más diversas para las fiestas de egresados son también un síntoma de que las cosas no andan bien.

Señalemos también que unos cuantos accidentes de tránsito son causados por personas que conducen alcoholizadas.

Las drogas

Estas conductas adictivas al alcohol suelen ser el primer escalón que lleva a la droga. En estos tiempos la sociedad ha expresado su preocupación de muchas maneras. En la Conferencia Episcopal Argentina, los Obispos hemos señalado varias veces el crecimiento del consumo de drogas y la actividad mafiosa de los narcotraficantes como verdaderos mercaderes de la muerte. Varios programas periodísticos de investigación muestran las consecuencias destructivas que el consumo de estas sustancias provocan a la salud y al tejido social.

La droga es como una mancha de aceite que se extiende por todo el territorio argentino y afecta a las diversas capas sociales. Sin embargo impacta de manera brutal en los más pobres, que han tenido menos cuidados de su salud en la infancia y una alimentación de inferior calidad.

No nos es lícito mirar para otro lado. El narcotráfico ha corrompido diversas estructuras de la sociedad y el Estado. Funcionarios judiciales, responsables políticos, fuerzas de seguridad, comunicadores… El soborno o el apriete funcionan para dejar abierta la puerta a sustancias que generan muerte. La droga entra al país por tierra, aire y agua sin dificultades.

A esta situación se suma como agravante la escasa cantidad de servicios de salud disponibles para tratar a los adictos de parte del Estado. Desde la Iglesia promovemos que no se los trate como criminales, sino como personas a las que hay que cuidar y ayudar. Varias comunidades de fe intentan brindar espacios de contención y recuperación.

Una de las preocupaciones relativamente nueva son las “drogas de diseño” o sintéticas. Al no contar con una legislación adecuada, los precursores químicos circulan sin freno, facilitando la elaboración y el consumo de este tipo de sustancias altamente peligrosas. Cada tanto surgen escándalos por intoxicación y muerte en las llamadas “fiestas electrónicas”, pero después de un tiempo no pasa nada.

No hay freno para las mafias. No hay controles adecuados en las fronteras. Se vende a plena luz del día en las esquinas y plazas. Es una vergüenza que estemos en esta situación a la cual no hemos llegado de la noche a la mañana.

Nuestros mensajes como sociedad deben ser claros. La droga hace mal, y no es para recreación o diversión. Hace unos años la Acción Católica Argentina promovió un lema excelente: “probá no probar”.

En la página www.reddevida.org se encuentra abundante material para trabajar y las declaraciones de la Conferencia Episcopal sobre la droga.

El juego

La tercera adicción que golpea especialmente a los pobres es el mal llamado juego de azar. Como expresa una consigna “si es por plata, no es juego”. Una cosa es apostar y otra es jugar. Con la ilusión de salvarse con un golpe de suerte, hay propagandas que lo promueven con astucia aprovechando situaciones de necesidad. Otro engaño con el cual se pretende justificar es que “ganamos todos” porque el dinero se dedica a ayuda social. En realidad, de cada $100 que alguien apuesta suele llegar concretamente entre $20 y $30 a la ayuda para los necesitados. El resto se dedica a gastos de operación y ganancia de las empresas privadas. ¿Ganamos todos?

Duele ver en la puerta de los casinos, bingos, salas de juego… a los jubilados y gente que apuesta lo poco que tiene.

Es confuso y ambiguo llamarlo “juego de azar”, porque es bien distinto a la lotería familiar que se juega en casa o con amigos. Estamos ante flor de negocio para unos pocos que recaudan plata en pala y la dan en cuenta gotas. Varias investigaciones han mostrado cómo “salas de juego” se aprovechan como lugares de lavado de dinero proveniente del tráfico de drogas, armas y personas.

La violencia

Uno de los riesgos de naturalizar la pobreza es que se degrada el valor de la vida y la integridad física y moral de las personas.

Al hablar de violencia en la sociedad es importante ampliar la mirada. Es violencia la desnutrición infantil que excluye y mata. Es violencia que haya niños y adolescentes fuera del sistema escolar. Es violencia que haya quienes están consumidos por el paco. Es violencia la injusticia. Es violencia que haya familias durmiendo en la calle.

Cuando alguien dispara un arma salvajemente para robar una moto, un auto o un celular, la sociedad se conmueve, pero no hacemos mención a las otras violencias a las que parece miramos aletargados. Nos dolemos por la foto del delito sin mirar la película entera de las vidas implicadas, tanto de víctimas como de delincuentes.

Francisco nos alerta: “Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos  anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera” (EO 54).

Nos preocupa no poder salir de noche y regresar a casa con miedo, e incluso a plena luz del día. “Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión” (EG 59).

Todos somos iguales a los ojos de Dios. Todos somos iguales en derechos según la Constitución Nacional y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, el material y la ubicación geográfica de la cuna marcan las posibilidades o ausencias de acceso a salud, educación, vivienda.

Toda vida humana tiene un valor absoluto. Por todos murió y resucitó Cristo. A todos nos ama el Padre que “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt. 5, 45).

La falta de equidad es violencia salvaje, insulto al Plan de Dios.

Otra forma de violencia es la que se produce en el hogar especialmente de los más pobres. La pobreza que produce hacinamiento lleva a la promiscuidad y favorece situaciones de abuso sexual de niñas y adolescentes forzadas con amenazas y presiones psicológicas para no decir o contar a nadie.

Padrastros, medios hermanos, vecinos u otros miembros cercanos a la familia son victimarios impunes, lobos con piel de cordero. Es desgarrador escuchar el testimonio de quienes reciben esos relatos en el aula, la justicia, la capilla. Quienes se animan a abrir el corazón y contar sobre este drama están cargados de angustia, vergüenza, dolor, y hasta culpa. Lamentablemente es común que cuando lo cuentan en casa muchas veces no les crean o miren para otro lado. Ante un embarazo precoz se propone el aborto como salida, favoreciendo la impunidad del responsable del abuso.

También nos encontramos con situaciones reiteradas de violencia doméstica, a veces ligada al alcoholismo, tomando formas de agresión verbal y física contra la mujer. Esto se ve potenciado por resabios de mentalidad machista que pretende justificar lo inaceptable. Pese a todas las campañas de concientización, los femicidios no cesan. Es necesario que como sociedad tengamos actitudes de no tolerar ninguna clase de maltrato, y educar en la igualdad de derechos.

Muchas mujeres no denuncian, y si lo hacen no encuentran protección y cobijo adecuado en las fuerzas de seguridad o la justicia. Un avance significativo es la tarea que realizan varias organizaciones sociales que cobijan y asesoran legalmente.

Conclusión

Estas situaciones son una parte de los síntomas de una sociedad enferma. Uno de los primeros pasos para sanar es reconocerlos y asumirlos. Ignorarlos como si no existieran no aporta soluciones. “El dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el llamado a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia” (FT 33).

Cuando estamos enfermos hace falta que consultemos un profesional de la salud que realice un diagnóstico preciso de la situación y nos indique el tratamiento adecuado. Preguntémonos con sencillez y sinceridad qué pasos deberíamos dar ante estas patologías sociales.

 

Fuente: Libro “Clamor de los pobres, gemido de la tierra. Despertar el sueño de una humanidad fraterna” (2021)